Humilde contemplación de la misericordia del Señor

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«Verdaderamente que nada puede humillarnos tanto como la multitud de los beneficios del Señor, al contemplar su misericordia; y la multitud de nuestras maldades, al considerar su justicia. Miremos lo que Dios ha hecho con nosotros y lo que nosotros hemos hecho contra Dios: consideremos al por menor nuestros pecados, consideremos también al por menor sus gracias; y no tengamos miedo de que el conocimiento de los dones con que nos ha dotado pueda engreírnos y llenarnos de vanidad, si tenemos presente esta verdad: lo que hay bueno en nosotros no es nuestro. ¿Dejan acaso de ser pobres bestias los mulos porque vayan cargados con las preciosas alhajas de un príncipe? ¿Qué tenemos nosotros bueno que no hayamos recibido? Y si lo hemos recibido, ¿por qué nos vamos a ensoberbecer? Por el contrario, la consideración de las gracias recibidas nos humilla, porque el conocimiento engendra reconocimiento. Pero si, al mirar las gracias que Dios nos ha hecho, sentimos algún tanto la tentación de vanidad, el remedio infalible es recurrir a la consideración de nuestras ingratitudes, imperfecciones y miserias; pues si consideramos lo que hemos hecho cuando Dios no ha estado con nosotros, conoceremos claramente que lo que hacemos cuando está con nosotros no es de nuestro caudal ni de nuestra cosecha; y aunque verdaderamente nos gocemos y regocijemos por los bienes que hay en nosotros, a Dios sólo como autor de ellos hemos de dar la gloria» (Intr. a la vida devota, 3ª parte, cap. 5).