El Espíritu Santo, Maestro íntimo

Vivir espiritualmente es cantar, porque vivir espiritualmente es amar. Para que el cántico sea perfecto, es necesario que todas las facultades humanas se rectifiquen y se armonicen, como las cuerdas de una lira, y que el Espíritu Santo sople e inspire el cántico único del único amor. El verdadero director de las almas, el Maestro íntimo, el alma de la vida espiritual es el Espíritu Santo. Sin Él, ya lo hemos dicho, no hay santidad. El grado de perfección de un alma se mide por su docilidad al movimiento del Espíritu, por la prontitud y facilidad con que sus cuerdas producen las notas divinas del cántico del Amor. Un alma es perfectamente santa, cuando el Espíritu de amor ha tomado plena posesión de ella, cuando el Divino Artista no encuentra resistencia en las cuerdas de aquella lira viviente, ni se produce en ellas disonancias, sino que brota de sus santas vibraciones, límpido, ardiente, deliciosamente concentrado, el cántico de los cielos. No son pues las inspiraciones del Espíritu Santo algo sobreañadido y extraordinario en la vida espiritual, sino que son el impulso vital, perfecto, de esa vida; como en la vida natural el verdadero y perfecto coordinador es el entendimiento. Sin duda que en los principios de la vida espiritual esas inspiraciones no aparecen frecuentes y notables, precisamente por la imperfección de la vida; como la dirección de la razón no es frecuente ni notable, en la vida natural, en los primeros años del hombre, porque éste es aún imperfecto y no bien desarrollado. A medida que la vida espiritual se desarrolla, las cuerdas de esa lira viviente, que es el alma, antes flojas e inarmónicas, se templan y armonizan; el alma se va haciendo maravillosamente sensible a la moción del Espíritu y la vida tornándose intensa, rica, perfecta, santa. San Pablo expresó muy bien esta acción del Espíritu Santo en las almas con estas palabras: “Todos V los que son movidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios”. Y con ellas, el Apóstol señala un nexo misterioso entre la moción del Espíritu Santo y la divina filiación. Por el Espíritu Santo nos hacemos hijos de Dios, y, porque somos hijos, somos movidos por el Espíritu de Dios. (El Espiritu Santo)