El Espíritu Santo, artífice de la pureza

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El Espíritu Santo es el autor principal de la vida inocente, y el que consagra toda castidad. Porque en alma maliciosa no entrará la sabiduría ni en cuerpo esclavo del pecado morará la gracia del Espíritu Santo ( Sap. I-4). Sin su especial asistencia nadie ha sido casto; ni nadie puede gloriarse de haber permanecido virgen prescindiendo de su misericordiosa protección. Gloriosa es, en verdad, la virtud de la continencia, victoriosa la palma de la castidad, insigne y digna de alabanza la inviolable flor de las vírgenes. Cuanta sea la gloria de los que abrazaron la virginidad y continencia, lo declaran los grandes combates que sostuvieron. Y lo que hace resaltar más la excelencia de esta virtud es la pequeñez de los que perseveraron y triunfaron. Despojándonos de toda confianza propia, no confiemos en absoluto en nuestros recursos, sino completamente en la inmensa misericordia de Dios, la cuál jamás se retirará de los que le aman en esta vida mortal. Esta virtud de la castidad está realmente por encima de nuestras fuerzas y sólo Dios puede conferirla. No la confiere a los ingratos y orgullosos, sino a los humildes y arrepentidos de corazón, a los que todos los días, puestos en oración, exclaman diciendo: Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, renuévame por dentro (Psal. L.).(Kempis – La Imitación de María)