El Espíritu, don para el alma

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Notemos una enseñanza de Santo Tomás, cuya austera precisión, libre enteramente de las exageraciones del entusiasmo, da a sus palabras un sentido admirablemente profundo: «Por la gracia no sólo puede el alma usar libremente del don creado, sino también gozar de la misma Persona Divina». Ni es esa una frase suelta que se escapó al Santo Doctor sin que hubiera medido su profundidad, es su doctrina que expone ampliamente al explicar este nombre del Espíritu Santo: Don. Veamos sus propias palabras: “El nombre de Don entraña la aptitud de una cosa para ser dada. Mas la que se da tiene aptitud o relación a aquél que da y aquél a quien se da. Nadie da una cosa, sino porque es suya; y la da a otro para que sea de él. Ahora bien, la Persona divina se dice ser de alguien o por razón de su origen, como el Hijo es del Padre, o en cuanto es poseída. Mas no decimos que poseemos sino aquello de lo cual podemos usar o gozar a nuestro arbitrio. De manera que una Persona divina no puede poseerse, sino por la criatura racional unida a Dios. Las otras criaturas pueden ser movidas por una Divina Persona, pero no de tal manera que esté en la potestad de ella gozar de la Divina Persona y usar de sus efectos. A lo cual, algunas veces, llega la criatura racional; como cuando de tal manera se hace partícipe, que puede libre y verdaderamente conocer a Dios y amarlo rectamente. Por lo cual sólo la criatura racional puede poseer a una Divina Persona. Pero no puede llegar a poseerla así por sus propias fuerzas; sino que debe dársele de arriba; pues decimos que se nos da lo que tenemos de otra parte». (El Espíritu Santo)