El peligro de no ser tentado

¿Quien no ha sido tentado, qué es lo que puede saber? (Ecles 34, 9). Y un Padre, comentando este texto, dice: «Una felicidad tranquila es muy peligrosa; pero el temor de caer otra vez en los lazos en que antes se ha caído, hace al hombre más vigilante. Por eso, el marinero que se ha visto ya en peligro está más en guardia, y el recuerdo de un sólo naufragio sufrido por su imprudencia le aleja, a veces para siempre, de los puertos peligrosos». Esta es la primera lección que nuestra vigilancia debe sacar de nuestras caídas: reconocer y combatir las causas, evitar la imprevisión y la ligereza; y, sobre todo, evitar las ocasiones voluntarias; éste es el demonio de los demonios, como se las ha llamado, y que tantas almas pierde. Los navegantes tienen sus cartas marinas en las que señalan cuidadosamente los arrecifes de que tienen noticia; a la luz de nuestras faltas pasadas, hagamos también nuestra carta de navegación, en la que deben estar señaladas las causas de nuestras anteriores caídas, las inclinaciones, las ilusiones vanas, las faltas de precaución que han traído nuestros extravíos: instruidos por nuestra triste experiencia, evitaremos en lo sucesivo los escollos señalados por nuestros naufragios. (José Tissot, El arte de aprovechar nuestras faltas)