El gozo de la gratitud

“¡Dios mío, gracias!”. ¡Cuánta elocuencia hay en este “gracias”!… Dice a Dios que comprendo su acción y su amor: ¡una sola palabra entre amigos dice tantas cosas!… ¡Y qué efectos en mi alma! Parece que al saltar este “gracias” ha abierto una brecha en lo más profundo de ella. Pero esto pasa en tales profundidades que antes nunca hubiese sospechado que existiera semejante inmensidad en mi alma: aquí no tienen ya los sentidos participación alguna. En esas profundidades, antes desconocidas para mí (este “gracias” es quien me las revela), siento que, como por una hendidura misteriosa (se diría que este “gracias” es un golpe de lanceta que ha abierto esa hendidura), mana como una fuente hasta entonces ignorada; fuente que a veces de un solo golpe, a veces lentamente, llena las profundidades más íntimas. El alma es inundada de un agua sabrosa, de un gozo tan suave, tan tranquilo, tan penetrante, que ningún otro gozo que venga de fuera puede compararse a él. (José Tissot, La vida interior)