Cántico al hermano sol

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Un día, el bienaventurado Francisco dijo a sus compañeros: «Dios me ha dado una gracia y bendición tan grandes que, en su misericordia, se ha dignado asegurarme a mí, su pobre e indigno servidor que vive todavía aquí abajo, que un día yo compartiré su reino. Por esta razón, para su gloria, para mi consolación y para la edificación del prójimo voy a componer una nueva alabanza al Señor por sus criaturas. Cada día, éstas nos sirven para nuestras necesidades; sin ellas no podríamos vivir y, sin embargo, es a través de ellas como el género humano ofende mucho al Creador. También cada día nos olvidamos de un beneficio tan grande no alabando como es debido al Creador y Dispensador de todos estos dones».

A estas «Alabanzas al Señor» que empiezan así: «Altísimo, omnipotente y buen Señor» las llamó «Cántico del hermano Sol». En efecto, ésta es la más bella de todas las criaturas, la que, de manera más apropiada, se compara a Dios. Y decía: «A la salida del sol, todo hombre debería alabar a Dios por haber creado este astro que durante el día da a los ojos la luz; al atardecer, cuando la noche llega, todo hombre debería alabar a Dios por esta otra criatura, nuestro hermano el fuego, el cual permite a nuestros ojos que, en medio de las tinieblas, podamos ver con claridad. Todos somos como ciegos, y es por estas dos criaturas que Dios nos da la luz. Por estas criaturas y por las demás que nos sirven cada día, debemos alabar particularmente a su glorioso Creador».

Compilación de Perusa