Bautismo, novedad de vida

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El bautismo, al igual que los demás sacramentos, participa en la culminación de la actualización o realización de la fe. El bautismo es el fundamento y el inicio de este proceso, es el comienzo para conseguir la plenitud de la vida en Cristo (cf. Unitatis redintegratio, 22). En el pensamiento del Concilio, tanto el bautismo como los demás sacramentos han sido llamados sacramentos de la fe, puesto que todos ellos requieren de la fe, la presuponen y expresan, y al mismo tiempo la hacen crecer. La fe precede al bautismo y conduce a él, es la disposición que posibilita su recepción. A través del bautismo morimos al pecado. Esta es una muerte auténtica. Es la destrucción del mal en el hombre, para que pueda renacer como hijo de Dios; para que pueda ser una criatura nueva, participante de la naturaleza divina y llamada a la santidad. A través del bautismo, el hombre se convierte en ofrenda y queda consagrado a Dios; llega a ser su verdadero adorador e hijo adoptivo. El Concilio, respecto al bautismo, nos muestra verdades que rebasan el pensamiento y la imaginación humana. Nos dice que somos injertados en Cristo crucificado, y que siendo semejantes a él en su muerte, también lo seremos en su gloria. Nos dice que a través del bautismo el hombre recibe el don de la fe, y a partir de entonces participa del oficio sacerdotal, profético y real de Cristo, y queda incorporado en su cuerpo místico, aunque no del todo. (Tadeuz Dajczer, Meditaciones sobre la fe).