El ascensor y la ruda escalera de la perfección

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Sta. Teresa de Lisieux no sacrificará jamás su deseo de ir al cielo a la dura realidad de su miseria, y ahí aparece el descubrimiento genial del ascensor: «Estamos en el siglo de los inventos. Ahora no hay que tomarse ya el trabajo de subir los peldaños de una escalera; en las casas de los ricos el ascensor la suple ventajosamente. Pues bien, yo quisiera encontrar también un ascensor para elevarme hasta Jesús, ya que soy demasiado pequeña para subir la ruda escalera de la perfección» (Ms.C, F2-3). Llegado a este punto, no temo decir que este descubrimiento del ascensor es genial, pero para esto hay que comprender el otro miembro de la antítesis, es decir, la «ruda escalera de la perfección». Teresa vivía en una época en la que se le proponían «esquemas de perfección» (Dom André Louf). Para muchos autores espirituales hay un punto de partida: arriba, el cielo y la perfección y abajo la escalera del hombre frágil y débil. Entre los dos hay que lanzar un puente o, como dice Teresa, una escalera. Por eso la perfección ha sido a menudo pensada y descrita bajo los rasgos de una progresión continua o de una ascensión más o menos ardua, fruto del esfuerzo del hombre. En este caso, toda la técnica de la ascesis está basada en la generosidad. Al final de la ascensión, su esfuerzo se desarrolla por sí mismo en libertad. Y es aquí donde Teresa ha comprendido hasta qué punto la «ruda escalera de la perfección» sigue un trazado exactamente opuesto al de la santidad evangélica. El mismo Jesús ha expresado esta oposición con laconismo y fuerza en una frase que se repite constantemente en el evangelio: «El que se ensalce será humillado; el que se humilla será ensalzado» (Mt 23,12; Le 14,11; 18,14).