Acoger al agradecido y reprender al ingrato

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Cabe observar que aun después de haber recibido alguna merced de Dios, subsiste la fuerza de la gracia divina y la libertad humana. Lo patentiza el episodio de los diez leprosos que fueron curados por el Señor a la vez. Uno sólo de ellos, por obra de su libre albedrío -secundando, claro es, la moción divina-, vuelve a dar las gracias. El Señor elogia la iniciativa. Pero al mismo tiempo requiere y pregunta por los otros nueve. Con esto pone de manifiesto que su solicitud sigue ejerciéndose en favor de los hombres, aun a despecho de su ingratitud, que olvida sus beneficios. Ambas cosas son igualmente un don de su visita: acoger y honestar al agradecido, y buscar y reprender a los ingratos.

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