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Nada contribuye tanto como el pensamiento de la eternidad, a que el alma dirija sus acciones a Dios. Todo me recuerda en la Liturgia los novísimos. Las expresiones Vita aeterna, Coelum, Infernum, Mors, Saeculum saeculi y otras, se repiten con frecuencia. Los sufragios y oficios de difuntos, y los entierros, me ponen ante los ojos la muerte, el juicio, las recompensas y castigos eternos, el precio del tiempo y las purificaciones que son necesarias en la Tierra o en el Purgatorio para entrar en el Cielo. Las fiestas de los Santos me hablan de la gloria de los que me precedieron en este mundo, mostrándome la corona que me está reservada, si sigo sus pisadas e imito el ejemplo que me dieron. Con todas estas lecciones, la Iglesia clama sin cesar a mis oídos: Alma querida, mira la eternidad, para ser fiel a tu divisa: Dios en todo, siempre y en todas partes. ¡Oh divina Liturgia!; para agradecerte todos los beneficios que me dispensas, debería citar todas las virtudes. Gracias a los textos de la Escritura que pones sin cesar delante de mis ojos, y a los ritos y símbolos que me traducen los divinos misterios, mi alma se encuentra constantemente elevada de la tierra y orientada hacia las virtudes teologales, o hacia el temor de Dios y el horror del pecado y del espíritu del mundo, hacia el desprendimiento, la compunción, la confianza o la alegría espiritual. (Dom. J.B. Chautard, El alma de todo apostolado)