28 mayo,2012

San Juan Damasceno: orar con las imágenes es mucho más humano

Oración a Jesús Crucificado (II)

Vida

Durante el siglo VIII, el emperador de Bizancio, León III Isaúrico, creyendo que el culto a las imágenes sagradas era un acto de idolatría, inició su política iconoclasta, es decir, de destrucción de estas imágenes. El anciano patriarca de Constantinopla, San Germán, se opuso con valentía al emperador y esto le valió la destitución. Pero desde Jerusalén, que ya se encontraba bajó el dominio árabe, se hizo oír otra voz en favor de las imágenes, la del entonces desconocido monje Juan Damasceno o de Damasco, que con sus «Tres discursos a favor de las sagradas imágenes» llamó la atención de todo el mundo cristiano.

Yahia ibn Sargun ibn Mansur, más conocido como Juan Damasceno, nació a mediados del siglo VII en el seno de una familia árabe-cristiana. Es considerado como el último representante de la patrología griega. Su producción literaria es multiforme: poesía, liturgia, elocuencia, filosofía y apologética. Hijo de un alto funcionario del califa de Damasco, Juan fue compañero de juegos del príncipe Yazid, que más tarde lo promovió al mismo puesto que había tenido su padre. Pero, dadas las tendencias anticristianas del califa, Juan no tardó en renunciar a la corte. En compañía de Cosme, futuro obispo de Maiöuma, se retiró al monasterio de San Sabas, cerca de Jerusalén, donde fue ordenado sacerdote y se preparó para el cargo de predicador titular de la basílica del Santo Sepulcro.

Estando en Jerusalén se opuso con valentía a los iconoclastas. El emperador, no pudiendo atacar directamente al monje, recurrió a la calumnia, haciendo falsificar una carta de Juan en la que supuestamente habría tramado una conjuración para restituir el dominio de la ciudad de Jerusalén al emperador bizantino. León III hizo llegar esta carta al Califa de Jerusalén, el cual mandó que le cortaran la mano derecha. Una vez cumplida la sentencia, Juan pidió a la Virgen que lo sanara ofreciéndole todas las obras que escribiera con la mano restituida. Esa misma noche sanó milagrosamente y Juan pudo cumplir su promesa, demostrando también su alta preparación teológica y poniéndola al servicio de toda la Iglesia.

Tras seguir con su lucha a favor de la fe católica, murió años más tarde, en el 749.

Aportación para la oración

La defensa de las imágenes es, sin duda, la mayor aportación a la teología de nuestro santo. Y esto también tiene implicaciones en el campo de la oración.

Seguramente ustedes tienen fotografías en su casa. ¿Por qué las tienen? Para recordar a diversas personas. Y sí: esas fotografías no son ellos, pero les recuerdan su presencia, su cariño. Y eso es justo lo que pasa con las imágenes. No las adoramos, sino que las veneramos. ¿Por qué? Porque ellas nos recuerdan a nuestros seres queridos (Jesucristo, la Virgen y los santos) que tanto nos dan y tanto nos ayudan. Y ¡cuántas veces hemos rezado delante de una imagen, pidiendo la ayuda de un santo, dándole gracias a María por un favor, etc.!

Por ello, San Juan Damasceno debe quedar siempre como uno de los santos al que mayor gratitud debemos tener. Él se dio cuenta que, como humanos, necesitamos de imágenes sensibles, que tenemos que tocar con nuestras manos y ver con nuestros ojos. Ya Cristo mismo se dio cuenta de ello y por eso nos dejó la Eucaristía.

Y es que si no fuera por la lucha del santo de Damasco, hoy no podríamos dirigirnos a un crucifijo y decirle, con un beso, todo el amor que le profesamos a Cristo; no podríamos acariciar el rostro maternal de María; no podríamos dirigirnos, agradecidos, a la imagen de un santo. Piénsenlo un momento y se darán cuenta lo pobre que hubiera sido nuestra oración. ¿Verdad que sí?


Autor: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C.

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