Quiero estar en todas partes

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Quiero estar en todas partes

Esta mañana comencé mi oración un poco atareada… Llevaba menos de una hora despierta y ya había visto en Facebook un mensaje pidiéndome oración por una consagrada que acaba de perder trágicamente a su hermano, en whatsapp un mensaje de mi mamá preocupada por una amiga a la que le han encontrado un tumor, una llamada a mi abuela y acaba con cinco intenciones más… Tengo cincuenta jóvenes a las que guío espiritualmente, cada una con sus problemas y anhelos; familias y personas con las que he trabajado en diferentes países que piden ayuda, consejo, oración; muchos hermanos sacerdotes por los que he ofrecido mi vida y a los que quiero acompañar; una comunidad a la que quisiera arrancar gracias; familiares y amigos sufriendo, alejados de Dios; en las noticias guerra, enfermos, pobres…

Nada me es indiferente

Cierro los ojos y veo personas, rostros, corazones… Sus necesidades se agolpan y desfilan en mi cabeza y sobre todo en mi corazón. ¡¡Quisiera estar ahí para todos!! Llevarles el consuelo de Jesús, Su fortaleza, un abrazo de Su amor, una palabra de esperanza, lo que cada uno necesita… ¡¿Qué hago?!

Objetivamente tengo un cuerpo que me permite estar en un solo lugar a la vez. Y aun así, ya estando ahí, seamos sinceros: soy bastante inútil… Me fallan las palabras, soy torpe, puedo hacer poco. Me digo que es imposible ayudarlos a todos… y, sin embargo, percibo que Dios piensa diferente. Entonces llega Sta. Edith Stein en mi ayuda, encuentro un texto suyo que me da respuestas:

«¿Escuchas los gemidos de los heridos en los campos de batalla? Tú no eres médico ni enfermera, y no puedes ir a vendar sus llagas…

¿Escuchas el grito angustioso de los moribundos? ¡Quisieras ser sacerdote y asistirlos!

¿Te conmueve el sufrimiento de viudas y huérfanos? Quisieras ser un ángel consolador e ir en su ayuda… Estás encerrada en tu celda y no puedes llegar hasta ellos.

Unidos a Él, podemos estar en todas partes

Levanta tus ojos hacia el Crucificado. Si eres suya, Su preciosa sangre es también la tuya. Unida a Él, estarás presente en todas partes como Él lo está. No aquí o allá como el médico o la enfermera o el sacerdote, sino en todos los frentes, en cada lugar de desolación, presente por la fuerza de la cruz. Tu amor compasivo, el amor que viene del corazón divino, te llevará a todas partes, y en todas partes repartirás Su sangre preciosa, que alivia, que sana, que salva.»

Cierro los ojos y recorro el mundo en mi interior. Voy a España con aquella consagrada, pongo mi mano en su hombro, le llevo consuelo. Voy a la capilla donde mi hermano sacerdote celebra su misa, me arrodillo detrás de él, intercedo con todas mis fuerzas por su sacerdocio. Visito a aquella enferma y aprieto su mano, a aquél herido, a aquella joven que llora, al señor que ha perdido su trabajo, a mi primo enfermo, a mi hermana que lucha… Ellos no me ven y, sin embargo, ahí estoy. Y a cada uno le llevo una gotita de sangre, de la Sangre de Aquél que ha dado su vida por ellos. Una gota que cambia todo, que transforma todo, que hace todo lo que yo quisiera hacer por ellos: lava, cura, fortalece, consuela, santifica, renueva…

Termino mi oración con una alegría profunda: he estado con cada uno, los he socorrido a todos. La oración y el amor nos dan ese poder, nos llevan espiritualmente a lo que nuestra humanidad no puede abarcar. Somos muy limitados, pero todo es posible cuando estamos unidos a Dios; todo lo que no podemos hacer por nuestras propias fuerzas, podemos hacerlo con Él a través de la oración y la fe.


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