¿Qué hacer cuando un problema te supera?

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Nos suceden cosas que no logramos entender, nos sentimos sin fuerzas para salir adelante, no sabemos qué hacer ante situaciones difíciles, nos vemos sumergidos en problemas sin capacidad para salir a flote. Buscamos fuerzas, buscamos entender, buscamos ayuda, buscamos consejo… Son muchos los momentos en que sentimos esta insuficiencia, esta necesidad de que alguien venga a ayudarnos.

La experiencia de la insuficiencia

El verano pasado estuve en misiones médicas con un grupo de doctores españoles. Estaban sorprendidos de cómo los campesinos mexicanos buscaban medicinas. Sentían la necesidad salir de la consulta con un medicamento. Es la experiencia de la insuficiencia. El sentir que uno no tiene recursos suficientes y se necesita la intervención de un elemento externo capaz de hacer lo que uno no puede hacer por sí mismo. Como el bebé que está en el suelo y necesita que venga su padre a levantarlo para poder abrazarlo y verse frente a frente.

Muchas veces, sobre todo los hombres, somos muy autosuficientes. Creemos poderlo todo con nuestras propias fuerzas, creemos saber siempre lo que hay que hacer. Pero a base de golpes aprendemos que no es así. Que tantas veces ni siquiera con el apoyo y el consejo de otros alcanzamos las cosas más difíciles e intuimos o reconocemos que es necesaria una fuerza superior. Esta es, por ejemplo, la filosofía de la asociación Alcohólicos Anónimos.

¿Dónde está el poder superior?

Buscamos entonces resolverlo todo con recursos, libros, estrategias, técnicas, métodos u «oraciones milagrosas»… Es como pretender que un coche corra más porque lo pintes de otro color, le pongas llantas nuevas o lo engrases. Algunas cosas pueden influir para que camine mejor, pero lo determinante, lo esencial, es el motor.

Y el motor se enciende en la oración. Las personas de fe acuden a la oración para encontrar respuestas. Allí está la respuesta de fondo, en la acción del Espíritu Santo. Él se encarga. «En nuestra debilidad, el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras.» (Romanos 8,26)

Nos acercamos a Dios principalmente cuando oramos en el Espíritu. San Teófanes el Recluso dice que la oración es la respiración del Espíritu. Es el Espíritu que ora en nosotros, es Él quien nos guía en nuestra oración. Por medio de Él podemos decir: «Abba, Padre» (Rm 8,15) «Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba!» (Gal 4,6) Puesto que es el Espíritu de Cristo, nos hace repetir desde lo más profundo de nuestro ser la misma oración de Cristo. ¡Esto es maravilloso! Estando así las cosas, el poder de la oración no tiene límites.

Y Dios ¿escucha mi oración?

Nuestra oración es siempre escuchada y lo es porque el Espíritu Santo interviene con su voz, que es más fuerte que la nuestra, y presenta a Dios nuestras necesidades. Por ello es necesario que estemos en sintonía con el Espíritu Santo, que estemos de acuerdo con Él, es decir, que nuestra oración esté llena de fe (Mt 21,21).

Nada se oculta a su sabiduría, nada escapa a su providencia, nada sorprende a Dios y Él sabe bien cómo conducirnos por valles oscuros y a qué pastos nos conduce para reparar nuestras fuerzas. (cf. Salmo 22) Gracias al Espíritu de Dios podemos conocer los dones de Dios y entender tantos sucesos indescifrables: «Como dice la Escritura, anunciamos: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman. Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios. (1 Cor 2, 9-10) Sin el Espíritu Santo estamos como a tientas, como en penumbra o completamente a oscuras. Es Él quien nos ilumina interiormente y nos permite conocer toda la verdad. Por eso Jesús dijo: «Os conviene que yo me vaya. Cuando venga el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena». (Jn 16, 7 y 13)

El Espíritu Santo es el gran aliado del hombre en su vida terrena, el mejor compañero de camino

Al comenzar la oración lo primero que tenemos que hacer es pedirle que se haga presente, que nos dé su luz. La Iglesia canta el Veni Creator Spiritus en momentos solemnes, como la elección de los papas, la consagración de obispos, las ordenaciones sacerdotales, etc. Me gusta mucho que en mi comunidad lo cantemos todas las mañanas para iniciar la meditación.

Uno de los momentos más fuertes de oración comunitaria que he tenido en mi vida fue en la Vigilia de Pentecostés de 1998, en aquella primera reunión de Movimientos promovida por el Papa Juan Pablo II. Decenas de miles de personas nos reunimos en la plaza San Pedro junto al Papa y cantamos el Veni Sancte Spiritus. Durante quince minutos cantamos todos juntos la invocación «Ven Espíritu Santo» que estamos escuchando de fondo. 

«Ven, Padre de los pobres». Es consolador escuchar y orar con esta invocación al Espíritu Santo, precisamente en momentos como los que mencionábamos al inicio, en que experimentamos de manera hiriente nuestra pequeñez, nuestra insuficiencia, la precariedad de la condición humana. Y la certeza de que no nos faltará Su asistencia nos llena de un gozo profundo.

Les invito a ver este video de unas ordenaciones sacerdotales celebradas por el Santo Padre en la Basílica de San Pedro.

http://www.youtube.com/watch?v=urFsehBIqH8

Muestra el momento en que el Papa Benedicto XVI imponía las manos sobre aquellos hombres que de rodillas presentaban su miseria para que por el poder del Espíritu se convirtieran en «otros cristos». Los que somos sacerdotes sabemos lo que es ese momento. Te sientes profundamente abrumado por tu pequeñez e indignidad, desbordado por la confianza de Dios, y estructuralmente transformado por la fuerza del Espíritu Santo para toda la eternidad.

Les recomiendo también esta otra oración al Espíritu Santo que se puede rezar en cualquier momento del día.

«Espíritu Santo, inspírame lo que debo pensar,
lo que debo decir,
lo que debo callar,
lo que debo escribir,
lo que debo hacer,
cómo debo obrar para procurar el bien de los hombres,
el cumplimiento de la misión y el triunfo del Reino de Cristo»


Autor, P. Evaristo Sada L.C.(Síguelo en Facebook)

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