Posturas para la oración

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Posturas para la oración

Hace unos meses visité la catedral de Puebla y allí encontré a un hombre sentado en una banca en profunda oración. Había muchos turistas alrededor viendo las obras de arte; él oraba. Me llamó la atención.

Luego pensé que debería ser lo normal, pues ¿qué más se puede esperar de un creyente dentro de una iglesia? Pero lamentablemente no siempre se encuentran personas cuya sola postura corporal denote recogimiento y reverencia. Y no estoy hablando aquí de manifestaciones extrañas que incluso pueden incomodar o distraer a los demás, sino de lo más normal y natural de una actitud orante.

“En sus marcas”

Lo material y corpóreo puede ayudar o estorbar para entrar en diálogo con Dios. Somos “de una pieza”, no somos cuerpo por un lado y espíritu por otro. Nuestras posturas influyen en la oración, también la vista y el oído, la imaginación y la memoria, todo…Prueba de ello es cuánto ayuda en la celebración eucarística una liturgia bella: el canto litúrgico, las flores, los ornamentos, la armonía en los movimientos, el incienso, etc. Y prueba de ello también es cuánto afectan los ruidos, el desorden, la falta de limpieza, los cantos desafinados, etc.

Al disponernos para orar es importante adoptar una postura adecuada (interior y exterior). Una de las causas más frecuentes de una oración mal hecha es que no se comienza bien. Me refiero ahora a la postura exterior. Es algo análogo a la posición de “en sus marcas” que adoptan los corredores o los nadadores para iniciar la carrera.

La serenidad, el recogimiento se obtienen “recogiendo” los sentidos exteriores y los sentidos interiores, así como las mujeres reúnen los cabellos de aquí y de allá para peinarlos en una trenza, o como se ordenan los libros y papeles de un escritorio para disponer de un espacio limpio para trabajar o atender a una persona.

A solas con Dios. En una capilla, iglesia o ermita, en el rincón familiar o en el “escondite” personal donde suelo retirarme para orar. Allí, en silencio, me dispongo interior y exteriormente para el encuentro con Dios. ¡Es Dios!

La postura del cuerpo

Para serenarse antes de iniciar la oración ayuda la postura del cuerpo: ni demasiado relajada ni tampoco una postura incómoda. Normalmente ayuda sentarse en postura recta o bien ponerse de rodillas, cerrar los ojos, poner atención a la propia respiración y que ésta sea serena y profunda. Estos recursos tan sencillos ayudan a tranquilizarse, favorecen el recogimiento y disponen para la interiorización.

El silencio exterior contribuye al silencio y al recogimiento interior, que es conquista de mucha virtud y esfuerzo y de la presencia de Dios en el alma. Una vez alcanzada esta “quietud” es más sencillo invocar al Espíritu Santo con plena conciencia y ponerse en la presencia de Dios. Durante la meditación habrá que esforzarse por no perderla sino favorecer la acción de la gracia para que ésta sea más íntima y profunda. De nuevo, para ello ayuda el cuerpo: mantenerse serenos, evitar moverse de aquí a allá, asomarse por la ventana a ver quién pasa, interesarse por quién llamó por teléfono, ver los mensajes que entran al celular, etc. Para orar es necesario centrarse, focalizarse en sólo Dios.

El Cardenal Ratzinger escribía que el cuerpo debe co-orar:

«Así, pues, quiero que los hombres oren en todo lugar, levantando las manos puras, sin ira ni discusiones» (1 Tim 2,8). En contra de la falsa opinión de que su ocupación principal es la vida activa, los hombres no deben dejar la oración a las mujeres. Es preciso superar el error según el cual orar no es un hacer. Debemos decir a los hombres que deben vencer la falsa vergüenza que oculta lo íntimo ?la callada relación con Dios? como algo poco masculino o pasado de moda. La piedad no debe convertirse, ciertamente, en exhibición, sino mantener su discreción genuina. Ello no significa, empero, que sea una especie de juego hecho a escondidas. La oración exige su propio y específico valor: también el cuerpo pertenece a Dios. La fe no es algo exclusivamente espiritual, ni la oración algo meramente interior. El cuerpo debe co-orar. El ademán corporal con el que nos dirigimos solidariamente a Dios forma parte también de la oración. San Pablo habla al respecto de extender las manos, que se alargan de algún modo hasta Dios. En la actualidad sigue siendo importante adoptar al orar un ademán corporal digno. Solamente rezamos plenamente cuando lo hacemos también con el cuerpo». (Cooperadores de la verdad, Joseph Ratzinger, Rialp, Madrid 1991 pp.124-125)

Vale también para los sacerdotes antes de iniciar la misa

Este ejercicio de recogimiento puede ayudar también (tanto a los sacerdotes como a los fieles) para comenzar la santa misa. De ninguna manera es lo mismo que lleguemos a misa con prisas que estar en la iglesia unos minutos antes de que comience la celebración para serenarse, recoger los sentidos, tomar conciencia de lo que se va a celebrar, ponerse en la presencia de Dios, disponerse a acompañarle con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas.

Decía San Juan María Vianney, el santo cura de Ars:

“Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido. ¡Cuánto amo a estas almas generosas! San Francisco de Asís y santa Coleta veían a nuestro Señor y hablaban con él, del mismo modo que hablamos entre nosotros.

Nosotros, por el contrario, ¡cuántas veces venimos a la iglesia sin saber lo que hemos de hacer o pedir! Y, sin embargo, cuando vamos a casa de cualquier persona, sabemos muy bien para qué vamos. Hay algunos que inclus­o parece como si le dijeran al buen Dios: «Sólo dos palabras, para deshacerme de ti». Muchas veces pienso que, cuando venimos a adorar al Señor, obtendríamos todo lo que le pedimos si se lo pidiéramos con una fe muy viva y un corazón muy puro.”

¿En lugares públicos?

Algunos temen que les acusen de ser “demasiado piadosos” cuando oran en lugares públicos. Cuántas veces el ambiente social presiona en contra de la manifestación pública de la fe; normalmente resulta incómodo ir contracorriente.

Tal vez nos ayude recordar el tiempo de las catacumbas: algunos de los primeros cristianos pensaban: “si me descubren me matan, por eso me escondo”. Situaciones semejantes de real persecución o privación de la libertad religiosa se han reproducido a lo largo de los siglos. Durante cuántos períodos de persecución muy recientes, e incluso actualmente en algunos lugares de Asia o África, muchos fieles se han visto obligados a vivir y practicar su fe de forma clandestina.

Algunos de los primeros cristianos dieron testimonio público de su fe cuando Dios los colocó en una situación que lo requería, so pena de renegar de Él y de su amor. “Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios. Pero el que me niegue delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.” (Lc 12, 8-9) Los recordamos como mártires y como confesores de la fe. Muchos otros, cientos y miles, perseveraron y perseveran también en su fe, y escondidos en sus casas y en innumerables “catacumbas” improvisadas a lo largo de los siglos vivieron y viven con discreción y gran fidelidad al Señor su vida cristiana. Se esconden, sí. Pero no dejan de orar. No dicen: “mejor me olvido de Dios o me comporto como si Dios no existiera”.

Si me da vergüenza, si tengo miedo, si me presiona mucho el ambiente, si lo paso muy mal con las críticas de los demás, o tal vez por humildad puedo “esconderme”, pero no dejaré de orar ni de poner los medios que me ayudan a orar mejor. En la conciencia de cada uno el Espíritu Santo sugiere cuándo hablar y cuándo callar, cuándo actuar y cuándo omitir. El hombre de carácter, el hombre de conciencia, el hombre coherente, vive lo que sabe que debe ser.

En este sentido doy gracias a Dios por aquella estupenda lección de oración que recibí personalmente del Beato Juan Pablo II y que narré en un artículo anterior.

Nada más personal e íntimo que nuestra relación personal con Dios. Por eso, no se trata de que nos vean o no nos vean, mucho menos orar para que nos vean… (cf. Lc 18, 10-14; cf. Mt 23, 2-7 ) Es bonito orar en lugares públicos y de esa manera hacer presente a Dios en la vida social, es bueno dar testimonio y unirme a otros para celebrar y alabar a Dios, pero lo más importante en la oración es lo privado, lo que sucede en el corazón.

 “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.” (Mt 6, 5-6)

Volviendo al ejercicio de recogimiento mencionado arriba, esta vez no les invito a “hacer la prueba” una sola vez. Les invito a probar y probar y probar… experimentarán los resultados.


Autor, P. Evaristo Sada L.C.(Síguelo en Facebook)

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