Los encantos ocultos

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“El mundo no sólo tiene hambre de alimento, sino también de belleza”. Con estas palabras, la beata Madre Teresa de Calcuta nos ayuda a entender la invitación del Santo Padre a volver al arte cristiano como lugar privilegiado para la oración. La visión de un artista dotado, lleno de éxito y de fe nos puede hacer  ver un destello de la belleza de Dios, encendiendo así la primera chispa del encuentro con su amor. En esto consiste básicamente la oración.

Cuando estaba descubriendo la fe católica, antes de formar parte de la Iglesia, me gustaba entrar en las iglesias y  contemplar las obras de arte, a veces durante horas (estudiantes universitarios tienen tiempo para hacer lo que sea). Este altorelieve de la Anunciación me atrajo muchísimo, incluso antes de saber que era de Donatello, uno de los genios del Renacimiento, y que además había sido esculpida en pietra serena (un tipo de piedra sedimentaria gris  propia de la Toscana) al inicio del siglo XV. 

Lo que no estaba buscando

Tengo que confesar algo acerca de esta obra de arte. Se encuentra en una famosa iglesia gótica en Florencia, llamada Santa Croce. En esta iglesia se encuentran ciertas obras de renombre: frescos de Giotto, capillas de Brunelleschi y las tumbas de Galileo y Miguel Ángel. La primera vez que visité esta iglesia fue porque estaba interesado en estas obras de arte, y no en la pequeña Anunciación de Donatello. Este interés se mantuvo en la segunda visita, y en la tercera. De hecho, el tesoro florentino que representa la Santa Croce se convirtió en una de mis paradas favoritas de camino a clase. Cada mañana tenía la costumbre de encender allí una vela  por mis intenciones.

Estas frecuentes visitas me proporcionaron un contacto constante con la Anunciación de Donatello. La imagen se encuentra a la derecha de la nave, entre otros monumentos y los altares laterales. Cada vez que paseaba por la iglesia pasaba enfrente del altorelieve. Poco a poco, con el paso de los días, empezó a llamarme más y más la atención. Dejadme explicar el por qué. 

Un drama elegante

Estamos acostumbrados a ver en pintura este momento de la Anunciación, cuando el arcángel Gabriel se aparece a la Virgen María y le propone ser Madre de Nuestro Señor. Pero Donatello fue el primero en esculpir la escena con tanta expresividad.

Por un lado, vemos que San Gabriel está interrumpiendo a María. Ella está cerrando un pequeño libro de oraciones que sostiene con una mano, y con la otra parece cubriéndose con su manto, como queriendo protegerse. Su rodilla derecha se aparta del ángel, pero su pie izquierdo está firme en el suelo. Y aunque todo su cuerpo parece moverse en la dirección contraria a la posición del ángel, como si estuviera asustada o sorprendida, su rostro y cabeza muestran que está más bien cautivada por la presencia del ángel.

¿Y no es esto exactamente lo que nos sucede a nosotros? Cuando Dios entra en nuestras vidas e interrumpe nuestra rutina para invitarnos a la conversión, o a un nuevo acto de servicio o de caridad, o para seguirle más de cerca, ¿no reaccionamos automáticamente con miedo o resistencia? Decimos: “Verás, Señor, tengo mucho que hacer, y no creo que tu idea entre en mis planes.” Y aún así, en medio de tanta resistencia, en el fondo de nuestro corazón, en lo profundo de nuestra alma, sentimos la emoción y la atracción de la aventura de seguir a Cristo. Sabemos que somos para Dios y que su Voluntad es el camino para tener una vida llena de sentido, una vida que valga la pena, como la que todos deseamos.  Por eso, nuestro verdadero yo – representado en la escultura por el rostro de la Virgen, pues el rostro es lo que más revela el verdadero interior de la persona- quiere prestar atención a la voz y a la invitación divinas que resuenan en nuestro corazón y nuestra conciencia. Sin embargo, nuestra tendencia al egoísmo, representada por el cuerpo de la Virgen, quiere escapar de la presencia del Señor. Como decía San Pablo: “Porque de acuerdo con el hombre interior, me complazco en la Ley de Dios, pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón…” (Romanos 7, 22-23) 

El encanto de la Gracia

La encantadora elegancia y sincera reverencia con las que Donatello representa la escena también hacían eco en mi interior, además de la escena como tal. En el caso de María, la batalla interior fue mucho menos violenta que en el nuestro. Ella fue preservada del pecado original y se vio libre de pecado personal. Y aunque el mensaje del ángel la lleno de temor (Lucas 1, 29) la Virgen se recobró pronto. Donatello captura en la postura de María la belleza y gracia que inundaban su alma. El artista expresa en pietra serena lo que el ángel dijo con palabras: “¡Alégrate, llena de gracia!” ¿Cómo no sentir la atracción que tanta belleza despertaba en mí? ¿Cómo no sentirme inspirado al ver la agitación natural de María conquistada con su relación sobrenatural con Dios?

Ese año en que tanto visité la Santa Croce fue el año en el que por primera vez Dios me llamó a la fe católica. Durante ese tiempo yo viví el drama que Donatello representó con tanta belleza. Mis tendencias resistían las interrupciones de Dios, pero mi alma estaba absorta, fascinada y conquistada por la pura bondad y belleza de Dios.

Durante este Adviento os invito a contemplar a María en su caminar en la fe, llena de alegría y temor. Quizá la contemplación del altorelieve de Donatello despierte en nosotros el espíritu animoso y nos permita participar en el valor de María. Así podremos responder a la invitación de Dios, sea la que sea, con la perfecta oración: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lucas 1, 38)


Autor: P. John Bartunek, L.C.

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