La oración en Adviento: ¡Exultar de alegría!

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La oración en Adviento: ¡Exultar de alegría!

Nos preparamos a la Navidad en el período de Adviento y la liturgia nos presenta personajes que han preparado la venida del Señor. Uno de ellos es la gran figura de San Juan Bautista. Los Evangelios nos lo describen como un hombre austero y penitente que vestía con piel de camello, alimentándose de langostas y miel silvestre (Mt 3, 4). En medio del desierto lanzaba su mensaje de conversión y proclamaba la cercanía del Reino de Dios (Mt 3, 1). Pero el primer encuentro de este hombre tan combativo con Jesús se caracterizó no por el combate, sino por la alegría.

En el seno de su madre, Isabel, Juan percibe la presencia de Jesús en el seno virginal de María. Entrando en la casa de Zacarías, María encuentra a su pariente Isabel, ya encinta de algo más de seis meses (Lc 1, 26). La Virgen de Nazaret apenas hace pocos días ha concebido por obra del Espíritu Santo. El Hijo de Dios en el seno de María, en virtud del dinamismo de la encarnación, sigue las leyes biológicas del crecimiento de todo embrión humano, pero el misterio del Verbo que se hace carne ya palpita en María y por ello es reconocido por Juan quien «exulta de alegría» (Lc 1, 41) en la presencia del Mesías. Isabel percibe la presencia del Hijo de María a travésde la alegría de su hijo, y, llena del Espíritu Santo, exclama: «¡Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno!» (Lc 1, 42).

Todo encuentro con Jesús nos da alegría

«Los que se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento» (Evangelii Gaudium, 1). Su sola presencia llena el alma de una alegría inusitada, profunda, nueva, misteriosa, beatificante. La alegría de Cristo nos sorprende y nos alcanza allí donde estamos incluso a veces en situaciones de miseria humana, en donde no hay motivos humanos para el gozo. La oración es el encuentro con Jesús Salvador que viene a mi vida para llenarla de la alegría de Dios, para librarme de la soledad, para quitarme la tristeza, para apagar mi sed de amor, para curar mis heridas espirituales o corporales, para ungirme con el óleo del gozo del Espíritu, para romper las ataduras del pecado, para darle un nuevo rumbo, dirección y sentido a mi existencia.

Descubramos a Jesús presente en la oración

El Papa Francisco habla de cristianos cuya vida es una cuaresma sin pascua (Evangelii Gaudium, 4). No veamos la oración sólo con espíritu cuaresmal, de fingida penitencia, de dolorismo vacío. Si realmente descubrimos a Jesús presente en la oración, Él nos llenará de alegría inmensa, como la de esposa al descubrir al Esposo. Ver a Jesús en la oración en este Adviento en preparación a la Navidad nos ayudará a exultar también nosotros con el gozo de su presencia, como Juan exultó en el vientre de Isabel. La Navidad es una «gran alegría» (Lc 2, 10), un don inmenso pues es nada menos que el regalo de su Hijo a la humanidad para redimirla, salvarla y elevarla a la participación de la vida divina. Cada vez que nos acercamos con sencillez y humildad a la oración, nacerá en nuestro corazón el gozo inmenso de sabernos amados y redimidos por quien es el verdadero Amigo y Salvador.


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