¿Cómo se aprende la vida?

¿Cómo es mi vida ante Dios?

¿Cómo se aprende la vida? No digo a vivir. Eso es una cosa. Aprender la vida es otra cosa.

El dinamismo es siempre el mismo:

  1. Contemplar
  2. Rumiar
  3. Comprender.
  4. Dejar sedimentar.

 

La vida aparece. Se presenta sola. Nos viene al encuentro. Día a día. Estación a estación.

Hay quien la deja pasar. Hay quien se deja vivir por ella. Hay quien la vive. Hay quien, además, la contempla.

Y al contemplar se detiene. Y mira.  Su ojo, ojo espiritual, reconoce lo invisible. Lo que la vida escondía y está a cada momento revelando.

Es el ojo interior, el ojo del espíritu, el que sabe leer la vida. El contemplativo no pasa de largo. No puede. Ve. Ve dentro. Ve muy lejos. La vida, en su belleza, en su verdad, en su bondad, se le impone. Y con el corazón henchido necesita hacer un alto.

Para rumiar. Algunos lo llaman “ordenar ideas”, otros “serenar el corazón”. Pero el movimiento en realidad va y viene, sube y baja, de la cabeza al corazón y viceversa. El contemplativo, al rumiar, amalgama. Unifica. Se unifica a sí mismo. Pues es su corazón, es su mente, es su voluntad, es su memoria, es toda su persona la interpelada en el acto de la contemplación.

La propia historia ha recorrido un camino. Ya antes algo se ha contemplado, rumiado, comprendido, sedimentado.  Decenas. Cientos de veces. La memoria lo trae a la mente, la mente incorpora lo nuevamente contemplado,  relaciona, enriquece, se asombra…  el asombro es un tobogán al corazón. Allí la propia historia acude con sus ecos, allí nace la sinfonía, allí se acallan estridencias.  Allí se entabla el diálogo, que sube y baja, de ideas, sentimientos, recuerdos, experiencia, sabiduría acumulada…  allí el espíritu interior, el centro más profundo de sí, ilumina, caldea, acoge o rechaza, eleva. Allí el espíritu recoge, destila, sedimenta. Allí la gracia humaniza y diviniza. Allí el Agua Viva explica y sacia.

Y el contemplativo comprende. Aprende la vida. Él lo sabe, no sabe bien cómo, ni cuándo, pero en un cierto momento sabe que ha comprendido. Sabe que la Palabra ha hablado. Y ha calado como la lluvia, empapándolo, envolviéndolo, penetrándolo, implicándolo. Algo ha cambiado en él, y así lo comprueba: sabe que ha aprendido la vida, porque lo ha modelado, porque se experimenta transformado.

Sabe que lo ha tocado la Vida.

Puede entonces hacer tesoro y dejar sedimentar lo contemplado.

Hasta la próxima luz del día.