Meditación: Siembra, Señor, la semilla de tu Palabra en el campo de mi corazón

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Meditación: Siembra, Señor, la semilla de tu Palabra en el campo de mi corazón

XV Domingo del tiempo ordinario, ciclo A  (Is 55, 10-11; Sal 64; Rom 8, 18-23; Mt 13, 1-23)

Lecturas

«Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía» (Is 55,11)

Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua. (Sal 64)

«-Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino (…) Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o setenta o treinta por uno» (Mt 13, 23-27)

Meditación

Jesús acostumbraba hablar en parábolas, en un lenguaje cercano a la cultura de los oyentes, que en su época era eminentemente rural. Los Evangelios nos mencionan viñedos, sembrados, rebaños… Sin duda, es un privilegio haber vivido en la realidad lo que refiere el lenguaje bíblico, porque se puede representar mucho mejor el significado del mensaje.

Sin embargo, la revelación, aunque se haya escrito hace siglos, mantiene su actualidad y quien se acerca con fe encuentra en ella la resonancia de su propia experiencia más existencial.

En la parábola del sembrador, Jesús describe magistralmente el proceso de la semilla y los riesgos que existen de que se pierda el trabajo de la sementera, porque la tierra no sea buena, esté sofocada por zarzas, o porque la simiente haya caído en pedregal o al borde del camino. Y no solo el Maestro nos deja el regalo de su conocimiento agrícola, sino que lo aplica a la vida, y este paso concierne a todas las edades y culturas.
El corazón es el campo en el que cabe que la semilla penetre y sea feraz la cosecha, madure el fruto y colme de alegría al ver el rendimiento del trabajo. Pero cabe que las pasiones, la falta de escucha y de atención, la frivolidad hagan estéril la Palabra de vida, y se desperdicie el trabajo del sembrador y la semilla.

Hay siempre una esperanza, la que afirma el profeta. La Palabra es eficaz, cumple su encargo, no vuelve vacía, alguien, siempre, será tierra abonada, profunda, trabajada y pondrá sobre la mesa el regalo de los frutos sazonados. Jesucristo fue Palabra, campo y fruto, labrador y Padre de familia que partió el pan candeal, como gesto entrañable.

¿Querrás pertenecer al campo de Dios, acoger su Palabra y dar buen fruto?


Agradecemos esta aportación a Don Ángel Moreno de Buenafuente (consulta aquí su página web)

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