2 julio,2013

Santidad no es un lujo

La santidad no consiste en llevar a cabo cosas extraordinarias. Consiste en aceptar con una sonrisa lo que Jesús nos envía. Consiste en aceptar seguir la voluntad de Dios.
La santidad no es un lujo de unos pocos. Es un deber de todos. Mío y vuestro.
Para ser santos, debéis desear seriamente estar unidos. Santo Tomás de Aquino asegura que la santidad
«no es sino una resolución seria, un acto heroico del alma que se entrega a Dios». Y añade: «Amamos a Dios de manera espontánea, corremos hacia Él, nos aproximamos a Él, lo poseemos». Nuestra voluntad es importante porque nos trueca en imagen de Dios y nos une a Él. La decisión de hacerse santo es algo muy íntimo. Renuncia, tentaciones, luchas, persecuciones y toda suerte de sacrificios acechan al alma que ha decidido ser santa.
Si realizamos nuestro trabajo por Dios y por su gloria, podemos hacernos santos. Deberíamos salir el encuentro de las personas. Salir al encuentro de los que están lejos y también de los que viven cerca. Al encuentro de los materialmente pobres, así como de los espiritualmente pobres.
El hecho de la muerte no debería entristecernos. Lo único que debería producirnos tristeza es el hecho de saber que no somos santos.
Sentir disgusto algunas veces es algo muy natural. La virtud, que a veces adquiere dimensiones de heroicidad, consiste en ser capaces de sobreponerse al disgusto por amor de Jesús. Éste es el secreto que descubrimos en las vidas de algunos santos: su capacidad de ir más allá de lo meramente natural. Esto es lo que ocurrió a san Francisco de Asís. Una vez, en que tropezó con un leproso totalmente desfigurado, retrocedió de manera instintiva. Al instante se sobrepuso a su disgusto y besó aquel rostro totalmente desfigurado. ¿Cuál fue el resultado? Francisco se sintió inundado de un inmenso gozo. Se sintió dueño por completo de sí mismo. Y el leproso prosiguió su camino dando gloria a Dios.
Son santas todas las personas que viven de acuerdo con la ley que Dios nos ha dado. La fidelidad forja santos.
Lo que hay en nuestros corazones es lo que califica nuestras vidas. No es lícito llevar una doble vida. No podemos decir al mismo tiempo quiero y no quiero: quiero ser santo y no quiero serlo.
Deberíamos preguntarnos por qué no somos santos gozando de la presencia y bendición de Cristo en el tabernáculo y de la posibilidad de recibir su cuerpo y su sangre en la comunión.
El motivo que debe empujarnos a ser santos no debe ser otro que permitir que Cristo viva su vida en nosotros.
Los obispos no dejan de pedirnos que abramos nuevos centros en sus diócesis. Para ello necesito disponer de Hermanas santas. La santidad es lo más importante. La santidad exige autenticidad.
Jesús desea que pongamos toda nuestra confianza en Él. Tenemos que renunciar a nuestros deseos para trabajar en nuestro propio perfeccionamiento. Aun cuando nos sintiéramos como batel sin brújula en alta mar, hemos de entregarnos por completo a Él, sin pretensiones de controlar sus actos.
Yo no puedo aspirar a tener una percepción clara de mi avance a lo largo de la ruta, ni saber con precisión dónde me encuentro en el camino de la santidad. Me limito a pedirle que haga de mí una santa, dejando en sus manos la elección de los medios que pueden llevarme a ello.
«Quiero ser santo» significa: quiero despojarme de todo lo que no es Dios; quiero exprimir mi corazón y vaciarlo de toda cosa creada; quiero vivir en pobreza y desapego.
Seamos cual auténtico y fructífero sarmiento de la vid, que es Cristo, aceptándolo en nuestras vidas como Él se nos da. Como Verdad para decirse. Como Vida para vivirse. Como Luz que ilumina. Como Amor que se debe amar. Como Camino que se debe recorrer. Como Alegría que se debe comunicar. Como Paz que se debe irradiar. Como Sacrificio que se ha de ofrecer en nuestras familias y tanto entre nuestros vecinos más cercanos como entre los que viven lejos de nosotros.