La Santísima Trinidad y el sol

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Toma como símbolos el sol para el Padre, para el Hijo, la luz, y para el Espíritu Santo, el calor. Aunque sea un solo ser, es una trinidad lo que se percibe en él.

Captar al inexplicable, ¿quién lo puede hacer? Este único es múltiple: uno formado de tres, y tres no forman sino uno, ¡gran misterio y maravilla manifestada!

El sol es distinto de sus rayos aunque estén unidos a él; sus rayos también son el sol. Pero nadie habla, sin embargo, de dos soles, aunque los rayos  son también el sol aquí abajo. Tampoco nosotros decimos que habría dos Dioses. Dios, Nuestro Señor, lo es, también él, por encima de lo creado.

¿Quién puede enseñar cómo y dónde le está unido el rayo al sol, así como su calor, siendo libres? No están ni separados ni se confunden, unidos aunque distintos, libres pero unidos, ¡oh maravilla!

¿Quién puede, escrutándolos, tener poder sobre ellos? ¿Y, sin embargo, no son ellos, aparentemente tan simples, tan fáciles?

Mientras que el sol permanece todo él arriba, su claridad, su calor, son, un símbolo claro para los de aquí abajo. Sí, sus rayos llegan hasta la tierra y se quedan en nuestros ojos como si revistieran nuestra carne.

Cuando nuestros ojos se cierran en el momento del sueño como a unos muertos, los abandona, a ellos que seguidamente se desvelarán. Y cómo la luz entra en el ojo, nadie lo puede comprender.

Así Nuestro Señor en el seno… De esta manera Nuestro Señor se ha revestido de un cuerpo con toda su debilidad, para venir a santificar al universo. Pero cuando el rayo vuelve a su fuente, nunca ha estado separado del que lo engendró. Deja su calor para los que están abajo, como Nuestro Señor ha dejado el Espíritu Santo a los discípulos.

¡Contempla estas imágenes en el mundo creado, y no dudarás, en cuanto a los Tres, porque sino te pierdes! Lo que estaba oscuro te lo he hecho claro: cómo los tres hacen uno, trinidad que no forma sino una esencia.