Conocimiento de nuestras buenas obras

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No nos hemos de contentar con estimarnos en poco en nuestros pecados, mas aún mucho más hemos de mirar esto en nuestros bienes, conociendo profundamente que ni nuestros pecados son de Dios, ni los bienes nuestros son de nosotros; y de todo lo bueno que en nosotros hubiere, dar perfectamente la gloria al Padre de todas las lumbres, del cual procede todo don bueno y dádiva perfecta. De arte que, aunque nosotros tengamos el bien, lo tratemos tan fielmente, que no nos alcemos con la gloria de Dios; ni se nos pegue como dicen, la miel en las manos.

Esta humildad no es de pecadores como la primera, mas de justos; y no sólo la hay en este mundo, mas en el cielo; porque de ella se escribe: ¿Quién como el Dios nuestro, que mora en las alturas, y mira las cosas humildes en el cielo y en la tierra? Ésta tuvo en pie a los ángeles buenos, y los hizo dispuestos para gozar de Dios, pues le fueron sujetos, y la falta de ella derribó a los ángeles malos, porque se quisieron alzar con la honra de Dios.

Ésta tuvo la sagrada Virgen María nuestra señora, que siendo predicada por bienaventurada y bendita por la boca de Santa Isabel no se hinchó ni atribuyó a sí gloria alguna de los bienes que en ella había, mas con humilde y fidelísimo corazón enseña a Santa Isabel y al mundo un verso, que de las grandezas que ella tenía, no a sí, mas a Dios se debía la gloria, y con profunda reverencia comienza a cantar: Mi ánima engrandece al Señor.

Y esta misma, muy más perfecta, tuvo Jesucristo su Hijo, nuestro Señor, el cual, así sus buenas obras como sus buenas palabras fidelísimamente predicaba al mundo que las había recibido del Padre, diciendo: Mi doctrina no es mía, mas de aquel que me envió. Y en otra parte dice: Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo, mas del Padre que está en mí. Él hace las obras. Y así convenía que el remediador de los hombres fuese muy humilde, pues que la raíz de todos los males es la soberbia. Y queriendo dar a entender cuánto más convenga esta santa y verdadera humildad. Él se hace particularmente maestro de ella, y se nos pone por ejemplo de ella, diciendo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; porque, viendo los hombres a un maestro tan sabio encomendar tan particularmente esta virtud, trabajasen por la tener; e viendo que un señor tan grande no atribuye el bien a sí mismo, ninguno haya tan desvariado que tal maldad ose hacer.

Audi filia