Cómo cultivar la presencia de Dios

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Todo esto que habemos dicho pertenece al primer acto del entendimiento que se ha de presuponer. Pero es menester advertir que lo principal de este ejercicio no consiste en esto, porque no solamente se ha de ocupar el entendimiento mirando a Dios presente, sino también se ha de ocupar la voluntad, deseando y amando a Dios y uniéndose con Él.

San Buenaventura, en su «Mística Teología» dice que los actos de voluntad con que en este santo ejercicio habemos de levantar el corazón a Dios, son unos deseos encendidos del corazón, con que el alma desea unirse con Dios con perfecto amor, unos afectos inflamados, unos suspiros vivos de las entrañas, con que llama a Dios, unos movimientos piadosos y amorosos de la voluntad con que como con alas espirituales se extiende y levanta hacia arriba y se va allegando y uniendo más con Dios (…) Estas aspiraciones y deseos los declara el hombre con unas oraciones breves y frecuentes, que llaman jaculatorias «lanzadas con rapidez», dice san Agustín, porque son como unos dardos y saetas encendidas que salen del corazón y en un punto se arrojan y envían a Dios. De estas oraciones usaban mucho aquellos monjes de Egipto, como dice Casiano, y las estimaban y tenían en mucho; lo uno, porque, como son breves, non cansan la cabeza; lo otro, porque se hacen con fervor y espíritu levantado, y en un punto se hallan en acatamiento de Dios, y así no dan lugar al demonio de perturbar al que las hace, ni ponerle impedimento alguno en el corazón.

San Basilio pone la práctica de este ejercicio en que de todas las cosas tomemos ocasión de acordarnos de Dios. ¿Coméis?, dad gracias a Dios; ¿vestís?, dad gracias a Dios; ¿salís al campo o a la huerta?, bendecid a Dios que lo crió; ¿miráis al cielo?, ¿miráis al sol y a todo lo demás?, alabad al Criador de todo: cuando durmiéredes, odas las veces que despertáredes, levanta el corazón a Dios. (…)

Ejercicios de perfección y virtudes cristianas