Sanar las heridas de la incredulidad

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Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús (Jn 20, 24). Sólo este discípulo no se hallaba presente, y cuando vino oyó lo que había sucedido y no quiso creer lo que oía. Volvió de nuevo el Señor y descubrió al discípulo incrédulo su costado para que lo tocase y le mostró las manos, y presentándole las cicatrices de sus llagas curó las de su incredulidad.

¿Qué pensáis de todo esto, hermanos carísimos? ¿Acaso creéis que fue una casualidad todo lo que sucedió en aquella ocasión: que no se hallase presente aquel discípulo elegido y que, cuando vino, oyera, y oyendo dudara, y dudando palpara, y palpando creyera? No, no sucedió esto casualmente, sino por disposición de la divina Providencia. La divina Misericordia obró de una manera tan maravillosa para que, al tocar aquel discípulo las heridas de su Maestro, sanase en nosotros las llagas de nuestra incredulidad. De manera que la duda de Tomás fue más provechosa para nuestra fe, que la de los discípulos creyentes, pues, decidiéndose él a palpar para creer, nuestra alma se afirma en la fe, desechando toda duda.

Homilías sobre los Evangelios, 26