Reconocer con humildad nuestra imperfección

¿En qué estado se encuentra mi alma en punto a perfección?… ¡Ay! ¿Acaso no vivo habitualmente en el desorden? ¿No es mi vida un continuo trastorno del orden? Veámoslo. ¿Por qué motivos obro yo habitualmente? ¿No es ante todo y sobre todo por mí mismo? ¿Cuál es la preocupación dominante de mis pensamientos? ¿Cuál es la tendencia preferente de mis afectos? ¿Cuál el móvil preponderante de mis acciones? ¿No soy yo mismo, mi placer, mi conveniencia, mi interés, mi humor, mi capricho, mis gustos? ¿Siempre yo, yo en todas partes?… Hablo del bien que hago, o que creo hacer, pues no se trata aquí de pecado formal. Sí; en esta parte de mi vida que es, con mucho, la más importante, puesto que ocupa casi todos mis instantes; en esta continua sucesión de acciones buenas o indiferentes de que se compone el curso de mi vida, lo que veo ordinariamente, en primer lugar, es a mí mismo, lo que amo soy yo mismo, lo que busco es mi contento, mi gusto, mi placer. Me pongo en general antes que Dios, mi placer antes que su gloria… ¡Instinto de la mala naturaleza!… ¡Trastorno!… ¡Desorden!… ¡Dios mío! ¿Es posible que mi vida sea un perpetuo desorden? ¡Ay! Todo lo que yo me imagino ser mis buenas acciones, mis obras de justificación… todo esto no es más que un sucio y hediondo trapo. Y si el bien que yo creía en mí, y del que tal vez me jactaba con demasiada facilidad, si este bien es vil y mezquino, ¿qué objeto de horror debo ser a los ojos de Dios, cuando la infección más asquerosa de numerosos pecados viene sin cesar a aumentar la perversión?… Si mis pretendidas justicias no son más que inmundicias, ¿qué soy yo, Dios mío?… (José Tissot, La vida interior)