No debemos dejarnos llevar por la ira, frente a los defectos de los demás

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El santo e ilustre patriarca José, cuando mandó a sus hermanos que regresaran a Egipto, a la casa de su padre, sólo les hizo esta advertencia: No os encolericéis por nada durante el camino. Yo os digo lo mismo: esta miserable vida no es otra cosa que un camino hacia la vida bienaventurada. Santiago dice clara y llanamente que la ira del hombre no produce la justicia que Dios quiere.

Hay que resistir fuertemente al mal y reprimir los vicios, de manera constante y valiente pero dulce y pacíficamente, de aquellos a quienes tenemos a nuestro cuidado. No produce tanto efecto la corrección que sale de la pasión, aunque sea con razón, como la que no tiene otro origen que la sola razón. Si la cólera llega hasta la noche y el sol se pone conservando nuestro resentimiento, llegando a convertirse casi en odio, ya es difícil encontrar un medio para deshacerla. El resentimiento se nutre de mil falsas persuasiones, puesto que jamás un hombre encolerizado piensa que su cólera es injusta. Es mejor intentar vivir sin ira que querer usar de ella con moderación y sabiamente, y cuando por imperfección o debilidad nos vemos sorprendidos por ella, es mejor rechazarla rápidamente que querer entablar diálogo con ella.