De los esforzados es el Reino de los Cielos

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Para alcanzar nuestra felicidad eterna ¡cuántos obstáculos tenemos que superar! Muchas veces conocemos nuestro deber de manera precisa y exacta, sentimos el deseo de cumplirlo y tenemos propósitos de caminar por los senderos que Dios nos ha señalado. Ah!, pero es tan difícil a nuestra pequeñez cumplir nuestro deber; en cada acto de virtud necesitamos hacer tales esfuerzos, tales sacrificios, que muchas veces nuestra debilidad sucumbe y, aun sabiendo que nos apartamos del camino recto, dejamos la empresa iniciada sin cumplir el propósito que habíamos concebido, y nos parece demasiadamente ardua la obra que nos habíamos propuesto realizar. Al mismo tiempo que encontramos dificultades en nuestras empresas, especialmente en nuestra vida Espiritual, también estamos rodeados de peligros. ¡Oh!, en todas partes encontramos peligros que nos exponen a caer, que nos impiden hacer el bien; ¿no dijo el Santo Job que la vida humana es una tentación, es una lucha constante? ¿no nos dice el Apóstol San Pedro que el demonio, como león rugiente, está siempre rodeándonos, buscando el momento propicio para devorarnos? No solamente encontramos el peligro en nuestros semejantes y aun en el fondo de nuestro propio ser, sino que hasta las potestades infernales se conjuran contra nosotros para impedir que caminemos de una manera recta y rápida hacia la perfección y hacia la felicidad. Para sostenernos en las dificultades, para evitar los peligros, para hacer los esfuerzos indispensables para cumplir la voluntad de Dios y realizar el fin para el cual Nuestro Señor nos puso en este mundo, necesitamos una firmeza de alma singular. Por eso se dice que los esforzados son los que alcanzan el cielo, por eso hay relativamente tan pocos santos, porque son muy pocos los que tienen la fortaleza necesaria para superar las dificultades, para huir los peligros, para hacer los esfuerzos y los sacrificios que exige la perfección a que Dios nos ha llamado. (El Espíritu Santo)