Los dones del Espíritu Santo nos hacen dóciles a Él

Los siete dones son capacidades divinas que hacen nuestras facultades aptas para recibir la moción del Espíritu; el influjo celestial de este Huésped de nuestras almas se llama inspiración; su acción es el soplo irresistiblemente fuerte y delicadamente suave que impulsa nuestra vida hacia el cielo; es el soplo cálido y potente del amor que limpia, y suaviza, y rectifica, y consuela, y refrigera, pero hace todo eso moviendo; como una suave brisa que refrigera y perfuma, pero ante todo sopla, mueve, impulsa lo que encuentra y lo dirige y lo arrastra consigo hacia donde ella misma vuela. Imaginémonos una lira maravillosa cuyas cuerdas perfectamente armonizadas vibran al soplo del viento, dando cada una su propio sonido y formando todo un himno bellísimo. Así es el alma del justo cuando el Espíritu Santo la posee plenamente y ha armonizado por medio de sus dones todas las facultades. Cada una de ellas como las cuerdas de una lira viviente, da su propio sonido cuando sopla el viento del Espíritu; bajo este impulso divino, la inteligencia se ilumina, la voluntad da el sonido de la piedad y del amor, y aun la parte interior del alma, bajo el influjo de la fortaleza y del temor filial, forma acorde divino con las notas celestiales de las facultades superiores. La vida es un cántico que el soplo divino produce y que es como un ensayo del cántico de los bienaventurados o como el eco, desleído pero fiel, del cántico divino, de la palabra única —infinitamente armoniosa— que el Padre pronuncia en el silencio de la eternidad. Porque el cántico que el Espíritu Santo inspira a las almas es ese poema de luz y de amor que es Jesús, el cántico de Dios.