La dicha de la pureza

La pobreza de espíritu nos hace también comenzar a sentir la dicha de ser puros. No hablo únicamente de la pureza, esa virtud especial que por su alto precio es llamada así por excelencia, sino de la pureza en su más amplio sentido, que significa alejamiento del mal y aproximación a Dios, el bien supremo. El símbolo de la pureza es la luz, porque la concebimos sin mezcla de nada terreno y nos parece» tan limpia que tocando todo, hasta los fangos, no se mancha jamás: “Dios es luz”, dice el apóstol San Juan; y para explicar el misterio de la justificación a los fieles de Éfeso, San Pablo les dice: “Erais en otro tiempo tinieblas, ahora sois luz en el Señor”. Hacernos luz, marchar de claridad en claridad hasta transformarnos en la imagen de Dios, es todo el sendero de la perfección. (El Espíritu Santo)