La devoción al Espíritu Santo

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Ser devoto del Espíritu Santo es abrir el alma para y que la habite, dilatar nuestro corazón para que lo unja con su caridad divina entregarle nuestro ser para que lo posea con sus dones, darle nuestra vida para que la transforme en divina, poner en sus manos el bloque informe de nuestra miseria para que forme en él la divina imagen de Jesús. Ser devoto del Espíritu Santo es poseerlo y dejarse amar, dejarse mover según su amoroso beneplácito, dejar que el Artista divino destruya en nosotros todo lo que se oponga a sus santos designios: todo lo malo, lo terreno, todo lo humano; dejar que infunda en nosotros una vida nueva, la vida verdadera, la maravillosa participación de la vida de Dios. ¡Qué inmensos y celestiales horizontes se abren a nuestras almas si meditamos a la luz de Dios estas verdades! Son los horizontes de la perfección cristiana.