La carga de actividades no impide nuestra unión con Dios

Habrá momentos en que nuestras ocupaciones se multiplicarán de tal modo que nos veremos forzados a emplear todas nuestras energías, sin poder sacudir la carga ni siquiera aligerarla. Esto traerá como consecuencia la privación por algún tiempo del placer de la unión con Dios, pero esta unión no sufrirá con ello sino por nuestra culpa. Si se prolonga esta situación, ES PRECISO LAMENTARLO, GEMIR Y TEMER MÁS QUE NADA EL PELIGRO DE HABITUARSE A ELLO. El hombre es débil e inconstante. Cuando descuida la vida espiritual, pronto pierde su gusto. Si se engolfa en las ocupaciones materiales, acaba por complacerse en ellas. Por el contrario, si el espíritu interior expresa su vitalidad latente por medio de suspiros y gemidos, estas quejas constantes que provienen de una herida que no se cierra en el lado mismo de una actividad desbordante, forman el mérito de la contemplación sacrificada, o más bien el alma realiza esa admirable y fecunda unión de la vida interior y de la vida activa. Impelida por esa sed de vida interior que no puede mitigar a placer, vuelve con ardor, desde que le es dado, a la vida de oración. Nuestro Señor le procura unos momentos de intimidad. Le exige la fidelidad y en cambio le compensa de la brevedad de esos felices instantes, con el fervor. (Dom. J.B. Chautard, El alma de todo apostolado)