Jesús y la voluntad del Padre Celestial

“He aquí que vengo para hacer ¡oh Dios! tu voluntad”. En estas palabras se nos descubre como el fondo de Jesús; lo que sintió, lo que dijo, lo que anheló al principio de su vida; es el fondo divino de ella, la honda raíz de todas sus maravillas, la médula, por decirlo así, de su divina misión. Vino a hacer la voluntad del Padre; la plena realización de esa voluntad fue su oblación en el Calvario, y en esa realización hemos sido santificados. Con sus propios labios nos enseñó Jesús que vino a hacer la voluntad del Padre: “Descendí del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquél que me envió’”. La hacía sin cesar: “siempre hago lo que le es agradable”, aun contra toda la repugnancia de su Humanidad, como en Getsemaní. La voluntad del Padre fue para Jesús el fundamento de sus relaciones con las almas y la raíz de sus santos afectos: “Quien hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos es mi hermano y mi hermana y mi madre”. (El Espíritu Santo)