Jesucristo, el salvador

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«Cuando vino la plenitud de los tiempos, fijados por los decretos celestiales -leemos en San Pablo-, Dios envió a su Hijo, formado de una mujer, para libertarnos del pecado y conferirnos la adopción de hijos» (Gál 4, 4-5). Rescatar al género humano del pecado y devolverle por la gracia la adopción divina, tal es, en efecto, la misión principal del Verbo encarnado, la obra que Cristo venía a realizar en la tierra.

Su nombre, el nombre de Jesús, que Dios mismo le impone, no está exento de significado y simbolismo: «Jesús no lleva un nombre vacío o inadecuado» [Iesus nomen vanum aut inane non portat. San Bernardo, Serm. 1 de Circumcis.]. Este nombre significa su misión específica como Salvador y señala su cometido: la redención del mundo: «Le darás el nombre de Jesús, dice el ángel enviado a San José, porque El es quien salvará al pueblo de sus pecados» (Mt 1,21).

Jesucristo, vida del alma