Función de los sentimientos

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Los sentimientos y afectos sensibles, así como la imaginación, son buenos en sí, pues también esta parte inferior del alma que confina con los sentidos es uno de los hermosos dones que Dios ha dado a nuestra naturaleza. La imaginación y la sensibilidad tienen gran utilidad en la vida y desempeñan en ella un papel importante; ¿pues no están llamadas a embellecer la tan severa osamenta del deber, a adornarla con delicadas gracias y puros atractivos, a animarla dándole calor y poesía, a comunicarla el reflejo de lo bello y el relieve del vigor, a asegurarle la finura del gusto y revestirla con los esplendores del arte, etc.? ¡Su función bien ordenada es tan brillante, tan alentadora, tan exaltante! Tienen por tanto un lugar que ocupar en la piedad. Su auxilio no es de despreciar, porque la gracia emplea y utiliza todos los recursos naturales. Querer suprimir en la piedad su papel normal sería herir a la naturaleza y poner obstáculos a la gracia. Que ocupen, pues, su lugar; que encuentren en la piedad su más noble y legítima expansión, nada mejor; que las almas tiernas, sobre todo en las que domina la sensibilidad, vayan a Dios por este camino; no hay mal en ello. Pero a condición de no dejar desempeñar a la sensibilidad y a la imaginación un papel funesto. Si pretenden ser lo principal o el todo en la piedad, también esto hiere a la naturaleza y estorba a la gracia, porque las facultades sensibles sólo son servidoras asalariadas de la inteligencia y de la voluntad. Guiarse por el sentimiento es dar la dirección de la casa al criado y hacer abdicar al dueño. Lo malo no es el sentimiento, sino la importancia que se le señala; lo malo es suprimir, o por lo menos disminuir, en sus relaciones con Dios, toda la parte superior del alma y encerrarse en las regiones inferiores de la sensibilidad. (José Tissot, La vida interior)