El Espíritu Santo, artífice de nuestra santidad

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Hemos comparado la obra santificadora del Espíritu Santo al exquisito trabajo del artista que traza sobre el lienzo o esculpe sobre el mármol la feliz reproducción de su ideal. Conforme a tan exacta comparación podemos decir que conocemos el íntimo santuario en el que trabaja el artista divino, los Espirituales instrumentos que usa, los amorosos procedimientos que emplea, la técnica maravillosa de su arte; todo lo cual pudiéramos resumir diciendo que el Espíritu Santo entra a lo más intimo de nuestro ser, nos posee y se deja poseer de nosotros y, en divino abrazo de amor, realiza en nuestras almas la luminosa transformación que anhela. ¡Oh! ¡Si pudiéramos sorprender al divino Artista en su íntima actitud creadora! ¡Si pudiéramos contemplarlo en el silencio de las almas entregado con amor infinito a reproducir a Jesús! Nunca se revela mejor un artista que cuando sacudido por la inspiración toca la materia inerte para comunicarle la vida de su ideal. Su rostro transfigurado deja transparentar su alma; por sus ojos profundos parece escaparse la luz inmaterial de la belleza y sus manos, que tiemblan hijo, al impulso de la moción, tienen sin embargo la habilidad precisa, la maestría inimitable de transformar maravillosamente lo que tocan. ¡Oh! Si pudiéramos contemplar al Amor infinito en sus íntimas comunicaciones con las almas! Podemos al menos vislumbrar las maravillas de su acción, porque Jesús nos reveló sus secretos en la noche de amor en que nos hizo sus amigos, y de sus propios labios escuchamos la insondable promesa de que el Espíritu de verdad nos enseñará todas las cosas. La actividad del Espíritu Santo en nuestras almas es moción; nos santifica moviendo con la dulzura del Amor y con la eficacia de la Omnipotencia todas las actividades de nuestro ser. Solamente El nos puede mover así, porque solamente Él puede penetrar en el recóndito santuario del alma, en el huerto sellado, oculto de las miradas de todas las criaturas. Solamente Él puede mover así, porque únicamente Él posee el sentido divino de tocar las fuentes de la actividad humana sin que los actos dejen de ser vitales, sin que dejen de ser libres.