Dios mismo llama a las puertas de la voluntad de María

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«Tú, oh María, eres como un libro en el que se halla descrito nuestro modo de obrar. En ti se halla descrita la sabiduría del Padre eterno y en ti se manifiesta hoy la dignidad, la fortaleza y la libertad del hombre. Si considero tu inmensa determinación, oh Trinidad eterna, veo que en tu luz tuviste en cuenta la dignidad y nobleza de la familia humana. Efectivamente, igual que tu amor te obligó a producir desde ti mismo al hombre, así este mismo amor te obligó a redimirlo cuando ya estaba vendido y perdido. Bien demostraste amar ya al hombre, incluso antes de que existiese, cuando quisiste sacarlo de ti mismo movido sólo por amor. Pero aún demostraste un amor hacia él todavía mayor cuando te diste a ti mismo a él y hoy te encierras en el envoltorio humilde de su humanidad. ¿Y qué más podías darle que darte a ti mismo? Verdaderamente puedes decirle: ¿Qué más cabía hacer por ti? — incluso: ¿qué más «podía » hacer que yo no lo haya hecho? (Is 5, 4).

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