Abrir el corazón a la Divina Misericordia

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«La confesión y la contrición tienen tanta hermosura y tanta fragancia que borran la fealdad y disipan el hedor del pecado. Simón el leproso decía que Magdalena era pecadora, pero nuestro Señor decía que no: para Él sólo contaban los perfumes que vertía y la grandeza de su caridad. Filotea, si somos de verdad humildes, nos desagradará infinitamente nuestro pecado, porque es ofensa hecha a Dios; pero la confesión de ese mismo pecado nos será consoladora y agradable, porque con ella honramos a la Majestad divina; ciertamente que sirve de consuelo decir con claridad al médico la enfermedad que nos atormenta. Cuando llegues a la presencia de tu padre espiritual, imagina que estás en el monte Calvario a los pies de Jesucristo crucificado, cuya sangre preciosa fluye por todas partes para lavarte de tus iniquidades: aunque no sea la misma sangre del Salvador, es el mérito de esa sangre derramada el que baña con abundancia a los penitentes en el confesionario. Abre del todo tu corazón, para que por medio de la confesión salgan los pecados; a medida que ellos vayan saliendo, irán entrando los preciosos méritos de la sagrada pasión para llenarte de bendiciones» (Intr. a la vida devota, 1ª parte, cap. 19).