Todo esto, por mí

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Todo esto, por mí

Una bella oración de Santa Teresa en su Camino de Perfección nos inspira la reflexión de hoy: «Ya yo veo, Esposo mío, que Vos sois para mí. No lo puedo negar. Por mí vinisteis al mundo, por mí pasasteis tan grandes trabajos, por mí sufristeis tantos azotes, por mí os quedasteis en el Santísimo Sacramento y ahora me hacéis tan grandísimos regalos» (Meditaciones sobre el Cantar de los Cantares 4, 10-12).

Jesús es mío en la oración

«Por mí». Esta es la palabra clave. Jesús tiene una relación esponsal con el alma orante. No es un desconocido. Es el Esposo. Es Él quien la llena de alegría, paz, seguridad y amor con su sola presencia, con su sola mirada, con su solo estar ahí. Cuando oro Jesús es «mío». Él es de quien ora, de quien está con Él, de quien lo escucha, de quien se pone a sus pies como María, la hermana de Marta. La relación esponsal se caracteriza porque hay un intercambio de dones: el esposo es para la esposa y la esposa para el esposo. «Ya no son dos, sino una sola carne» (Gn 2, 24).

En la oración el alma se une a Cristo, se hace «una» con Él. Quien entra de lleno a la oración dirá con Santa Teresa: «no lo puedo negar». Eres mío. Así te siento. Y ahora, el ser mío, el ser para mí y de mí, me hace comprender mejor todo lo que has hecho en tu vida pública, en tu pasión y muerte, en tu resurrección: todo lo has hecho por mí, pensando en mí, teniéndome presente. Teresa piensa sobre todo en los tormentos de la pasión. Él los hizo pensando en «mí», «por mí», «para mí».

Y yo soy alguien para Él

Cuando en la oración comprendemos este sencillo «por mí», cambia nuestra relación con Cristo. Yo sé que para Él no soy uno más. Soy yo con mi historia, mis cualidades, mis defectos, mis terquedades, mis pecados, mis caprichos, mis indiferencias, mis actos de amor, mis momentos de generosidad. Yo soy transparente para Él, que «me amó y se entregó por mí», como dirá San Pablo (Gal 2, 20). Al igual que Santa Teresa, San Pablo había comprendido el valor del «por mí»: sí, sólo por mí, Él hubiera ido a la pasión, sólo por mí hubiera aceptado Getsemaní, sólo por mí la humillación de los juicios inicuos, sólo por mí la flagelación y coronación de espinas, sólo por mí el Calvario, los tormentos de la crucifixión y de la muerte. Y por mí está su costado abierto. Y por mí ha resucitado y a mí me da el Espíritu Santo.

Por mí, por todos

En la oración se comprende el «por mí». Sólo si comprendo bien el «por mí», sabré que Jesús también ha hecho todo esto «por nosotros», por la Iglesia. Y, entonces, cuando se comprende que Jesús ha hecho la redención «por mí», entonces, surge espontáneo del fondo del corazón: ¿Y yo, que voy a hacer por ti? Cada uno entonces responde a ese «por mí» con un «por ti» particular y único. Se genera una comunicación de amor y de amistad que se fundan en el darse del uno al otro. Entonces sale del alma de la esposa (el orante) una sencilla oración, que es promesa de alianza esponsal: «Tú eres para mí y yo soy para Ti». Y el Esposo (Jesús) responde: «Todo esto lo he hecho por ti porque quiero que vivas para mí».


Agradecemos esta aportación al P. Pedro Barrajón, L.C. (Más sobre el P. Pedro Barrajón, L.C)

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