Silencios malos y silencios buenos II

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Silencios malos y silencios buenos II

Los silencios positivos

Mencionamos anteriormente todo un conjunto de silencios negativos. Sin embargo, también existen silencios positivos, que proceden y son consecuencia de la vivencia plena de alguna virtud cristiana.

¿Quién, por ejemplo, no se conmueve al ver a una mamá ante la cuna de su hijo? Mira el don de su hijo en absoluto silencio y su mirada expresa todo el amor que lleva en el corazón. Lo mismo ocurre con esos ancianos que tras años de fidelidad matrimonial están el uno junto al otro en silencio pero con una aureola de amor que es admiración de tantos jóvenes. En la medida que el amor se convierte en comunión, surge el silencio, ámbito que respeta, protege y asegura el amor mutuo.

Silencio de Jesús

El amor, además de crear unión con el amado, genera paz interior y armonía en las relaciones con los demás. Y esta paz se convierte también en silencio. Así lo vivió Cristo ante las acusaciones falsas que padeció durante los juicios con los sumos sacerdotes. Su paz y serenidad interior, aunadas al amor hacia todos los hombres, incluso a sus enemigos y a quienes le hacían mal, se convierte en silencio paciente, en silencio que intercede por aquellos que le culpan falsamente.

Silencio de asombro

Otro silencio, quizá más sencillo pero que el mundo va olvidando, es el que procede del asombro, de la admiración, de la alegría ante las cosas, las circunstancias y las personas. ¡Quién no se queda extasiado, en silencio, ante la grandeza y belleza de un paisaje natural, ante la calma e inmensidad de un mar, ante la variedad de líneas, fruto de la alternancia de valles y montañas con su rica vegetación, ante los variados colores que forman las sombras de las nubes y la luminosidad del sol! ¡Quién no admira, también, embelesado en su silencio, el buen obrar de una persona! Era el silencio de Jesús que descubría en todas las criaturas -en las flores del campo, en las aves del cielo- el guiño cariñoso de su Padre de Dios. Y su admiración ante la hermosura espiritual de aquel joven que había cumplido siempre los mandamientos se convierte en mirada silenciosa y llena de amor.

Silencio de fe

Si el silencio es fruto de la admiración ante la grandeza de la creación y de las personas, la virtud de la fe es el asombro ante el misterio de Dios. Por eso, la fe y el contacto con Dios generan silencio. Fue el silencio en la fe de María de Nazaret ante el misterio de que todo un Dios se hiciera morada en su seno; el silencio en la fe de María del Calvario ante el amor inmenso que veía en su Hijo Dios ante las injusticias del pueblo y del mundo. Es el silencio del alma creyente al percibir el insondable amor que Dios la tiene.

Silencio de humildad

En fin, hablemos también del silencio de la humildad. Es decir, del silencio que produce la propia verdad, inmensa por ser don de Dios pero mísera al lado de Dios mismo. Es el silencio que esconde toda la grandeza divina en un corazón humano como el de María. Es el silencio de un Dios amor que se oculta en la sonrisa del Niño de Belén. Es el silencio de la misericordiosa humilde y divina de Dios en el momento abominable de la cruz. Es el silencio del anonadamiento total de un Dios mismo cuando es puesto en la oscuridad del sepulcro.

Ejercitemos los silencios positivos pero, para ello, cultivemos las virtudes cristianas del amor, de la paz, del asombro, de la fe, de la humildad. Huyamos del mal, en sus manifestaciones silenciosas y nocivas para nuestra vida cristiana.

¡Virgen del silencio, ayúdanos!

(Ir a la primera parte: los silencios negativos)


Autor: P. Juan Carlos Ortega, L.C.

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