9 mayo,2011

Salva primero a mi hermano, Señor

Salva primero a mi hermano, Señor

«Si oras solamente por ti, serás el único intercesor en favor tuyo. En cambio, si tú oras por todos, también la oración de todos te aprovechará a ti, pues tú formas también parte del todo. De esta manera, obtendrás una gran recompensa, pues la oración de cada miembro del pueblo se enriquecerá con la oración de todos los demás miembros». (San Ambrosio, Tratado sobre Caín y Abel).

Sucedió en Brisbane, Australia, en enero del 2011. Lo cuenta el H. Jorge E. Mújica en Análisis y Actualidad: «“Salve primero a mi hermano”, fue la petición de Jordan, el niño de 13 años, cuando el socorrista le agarró la mano. Sacaron a Blake del coche pero al tratar de regresar la cuerda se rompió. Bastaron unos segundos para ver engullidos por el agua a Dona y el pequeño Jordan. “Sólo intento imaginar qué es lo que le paso a Jordan por la cabeza aquellos momentos. Aunque estaba muerto de miedo, dio su vida por su hermano”».

Aquí el video con la historia:

En inglés: http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=dg9IQv63iYs#at=41

Un resumen en español: http://www.youtube.com/watch?v=aNFSQ6OOjRI&feature=player_embedded

Aprendamos a pedir por las necesidades del prójimo

Tras ver esta noticia, las palabras de San Ambrosio al inicio de este artículo cobran nueva vida. El Santo Obispo de Milán invita a saber pedir por las necesidades de los demás, incluso por encima de las mías. ¿Imposible? Ciertamente muy difícil, sobre todo cuando el sufrimiento se asoma a nuestras vidas. Pero no: no es imposible. Si Jordan Rice, un adolescente de sólo trece años, fue capaz de dar su vida en un momento tan angustioso como el que pasó, ¿cómo no vamos a pedir nosotros por alguien que está necesitado?

Orar por el otro es orar por mí

Y sucede algo paradójico. San Ambrosio nos sorprende al decirnos que mientras rezamos por los demás, esa oración también nos ayuda a nosotros. ¿Por qué? Porque la persona por la que estoy pidiendo forma parte de un todo, del cual yo también participo. Como cuando, cocinando un pastel, pongo un poco de azúcar en la crema y lo revuelvo: se endulza todo. Ésta es nuestra oración de intercesión. Veo las necesidades de los demás y pido por ellas. Y mi Padre, que sabe el sacrificio que tal vez esa oración significa para mí en los momentos difíciles, sabe repartir sus gracias y toma en cuenta mi plegaria.

Por eso, la invitación que hoy quiero hacer, a todos los que leemos este artículo, es sentarnos un momento a reflexionar: ¿A quién conozco que seguramente está más necesitado que yo? ¿Quién está pasándolo mal? Hoy, Señor, quiero pedir por ellos: salva primero a mi hermano, Señor. Él lo necesita más que yo.


Autor: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C.

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