¿Qué tenemos que pedir en la oración?

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¿Qué tenemos que pedir en la oración?

Después de la fiesta de la venida del Espíritu Santo parece oportuno escoger un texto de la Escritura que nos aclare un poco la función del Espíritu en la vida de oración. En el espléndido capítulo 8 de la carta de San Pablo a los Romanos encontramos que el Apóstol dice: «El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad, porque no sabemos cómo orar en modo conveniente pero el Espíritu Santo intercede con gemidos inenarrables» (Rom 8, 26).

Reconocer nuestra debilidad en la oración

«El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad». El Señor sabe que somos débiles y esta debilidad se manifiesta cuando sobre todo nos ponemos a orar. Debilidad que viene de una imaginación desbordante que no nos deja concentrarnos en un solo punto; debilidad que procede de nuestra falta de voluntad para dejar de lado las preocupaciones y las inquietudes; debilidad moral que nos hace sentirnos mal ante el Señor por haberle ofendido; debilidad psicológica, esa tibieza espiritual que no se empeña con seriedad en avanzar en el servicio de Dios; debilidad de las pasiones de sensualidad y soberbia que nos agitan y nos impidan ponernos en el recto camino del cielo.

Qué pedir al orar

La debilidad en la oración se manifiesta en no saber cómo tenemos que orar, qué tenemos que pedir, cuáles son nuestras necesidades y las necesidades de los demás. Nos falta un conocimiento de nosotros mismos lo suficientemente claro como para saber cuál nuestro defecto principal o pasión dominante. No nos asuste esto: es la condición humana. Así ha sido la vida de muchos santos. San Claudio La Colombière sólo después de muchos años de vida espiritual descubrió cuál era su pasión dominante. Somos seres desconocidos para nosotros, ¡cuánto más es el Espíritu Santo un gran desconocido!

Pues bien, este mismo Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad y gime en nuestro interior con gemidos inenarrables. Nuestro corazón es teatro de la presencia de Dios y también de esta acción del Espíritu que gime en él. La oración es un gemido del Espíritu en nosotros. Dejemos que el Espíritu haga su obra en nosotros. No apaguemos su voz. Dejémonos conducir por Él. Cuando la oración no vaya lo bien que desearíamos, cuando todavía hay mucho de tiniebla en nuestro interior, apelemos al Dulce Huésped del alma y digámosle que nosotros le dejamos hacer su obra en nosotros. Esto no es mera pasividad. Tenemos que ser activos en lo que está en nuestro poder y voluntad. Pero en aquella parte de nuestro ser en donde no logramos ser dueños de nosotros mismos, dejemos que el Espíritu realice su obra admirable e invoquémoslo con fe confiada: «¡Ven Espíritu Santo! ¡Llena mi alma de tu presencia e infunde en ella el fuego de tu amor!».


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