21 marzo,2014

“Mas no valgo nada, Señor mío. Ponedme vos el valor, pues tanto me amáis”

“Mas no valgo nada, Señor mío. Ponedme vos el valor, pues tanto me amáis”

Escogemos una oración de Santa Teresa para sacar de ella lecciones para nuestra relación con Dios. Ella, como las grandes santas, tiene lleno su corazón de deseos de hacer grandes cosas por Dios. Pero ella se ve pequeña en sus obras y en su forma de orar y ella le pide al Señor le dé valor para poder hacer por Él grandes cosas ya que de por ella misma no vale nada.

Su grandeza y nuestra pequeñez

En esta sencilla frase del Libro de su vida (cap. 39, 13) tenemos algunas enseñanzas importantes para nuestra oración. La primera es el sentimiento de ser poca cosa: “no valgo nada”. En Teresa no se trata de una falsa humildad. Ella sabe que humildad en andar en verdad y ella, sabiéndose creatura, no vale nada. No se trata de un anularse a sí mismo en la oración en una especie de falso desprecio. Se trata simplemente que saberse delante del Dios Todopoderoso, del Creador y Señor del cielo y de la tierra y que, delante de Él, nada somos sino creaturas que de Él hemos recibido el ser y todo lo que tenemos.

Quien va a la oración con la actitud del fariseo, a quererle da lecciones a Dios, a decirle lo bueno que es, y lo malos que son los otros, como dice el mismo Jesús, no vuelve justificado (Lc 18, 14). Aprendamos a entrar a la oración con la paz de quien de por sí mismo no vale nada.

”Dame, Tú, Señor, el valor que yo no tengo”

La verdad del sentimiento de Teresa de su no valer nada delante de Dios se manifiesta en la petición que sigue: “ponedme vos el valor”. Ella se ve sin valor para hacer cosas grandes por Dios, pero sí tienen el valor para pedirlo: “ponedme vos el valor”. Dame Tú, Señor, el valor que yo no tengo. ¡Qué bella oración! Cuántas veces, delante del Señor, nos sentimos sin fuerzas, cobardes, como impotentes. Lo que sabemos que es voluntad divina para nosotros es demasiado contrario a nuestra naturaleza y vemos que no lo podremos realizar solos. Entonces, esta petición de Santa Teresa es oportuna: “Dame Tú el valor” que yo no tengo. Y ¡cómo necesitamos en la vida el valor para ser santos, para evangelizar, para llevar a cabo una determinada misión, para ser fieles a nuestros compromisos y deberes, para ser simplemente honestos y auténticos! ¡Qué bella oración y cuánta humildad implica la de pedir “valor“! ¡Cómo cambiaría la faz de la vida cristiana si fuéramos más valerosos en nuestra vida, en nuestro empeño de santidad, en nuestro compromiso eclesial, con los pobres, con los enfermos, con los que sufren, a favor de la paz, a favor de los desamparados!

Teresa acaba su petición con un recordar al Señor el motivo de por qué Él está “obligado” a darle lo que le pide: “pues tanto me amáis“. Sabe así está como “obligando” al Señor a darle lo que está pidiendo, como un hijo que le pide a su papá algo y sabe que se lo dará, pues tanto lo ama. Teresa aquí se muestra muy humana, muy femenina. Apela al amor del Señor del que está tan segura, y que sabe que este amor es la prenda infalible para que Él le conceda lo que le pide. Tengamos la humildad, el valor y la confianza de Santa Teresa para convertir nuestra oración en ocasión y motivo para hacer también nosotros obras grandes por el Amado.


Agradecemos esta aportación al P. Pedro Barrajón, L.C. (Más sobre el P. Pedro Barrajón, L.C)

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