¿En dónde buscar a Dios?

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¿En dónde buscar a Dios?

«Señor, te amo con conciencia cierta, no dudosa. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Pero también el cielo, y la tierra, y todo lo que en ellos se contiene, me dicen por todas partes que te ame. No cesan de decírselo a todos, de modo que son inexcusables (cfr. Rm 1, 20) […]

¿Y qué es lo que amo, cuando te amo? No la belleza del cuerpo ni la hermosura del tiempo; no la blancura de la luz, que es tan amable a los ojos terrenos; no las dulces melodías de toda clase de música, ni la fragancia de las flores, de los ungüentos y de los aromas; no la dulzura del maná y de la miel; no los miembros gratos a los abrazos de la carne. Nada de esto amo, cuando amo a mi Dios.

Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto abrazo, cuando amo a mi Dios, que es luz, voz, fragancia, alimento y abrazo de mi hombre interior allá donde resplandece ante mi alma lo que no cabe en un lugar, donde resuena lo que no se lleva el tiempo, donde se percibe el aroma de lo que no viene con el aliento, donde se saborea lo que no se consume comiendo donde se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo, cuando amo a mi Dios.

Pero, ¿qué es entonces Dios? Pregunté a la tierra, y me respondió: «No soy yo»; y todas las cosas que hay en ella me contestaron lo mismo. Pregunté al mar, y a los abismos, y a los reptiles de alma viva, y me respondieron: «No somos tu Dios; búscale sobre nosotros». […] Pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas, que me respondieron: «Tampoco somos nosotros tu Dios». Dije entonces a todas las realidades que están fuera de mí: «¡Decidme algo de mi Dios, ya que vosotras no lo sois; decidme algo de Él!». Y todas exclamaron con gran voz: «Él nos ha hecho». Mi pregunta era mi mirada, y su respuesta su aspecto sensible». (San Agustín, Confesiones, X, 6).

 Nos atrae la belleza, pero ¿cuál es la auténtica belleza?

Nos sentimos atraídos por lo bello: un paisaje, una sonata de Mozart, un rostro guapo, la Pietà de Miguel Ángel. Incluso en la religión, como bien decía Von Balthasar, «lo primero que captamos del misterio de Dios no suele ser la verdad, sino la belleza».

Pero al lector avezado puede venirle, espontánea, una pregunta: ¿de qué belleza estamos hablando? La duda trae mucha miga. En nuestro mundo se nos vende una belleza disfrazada y vacía. Incluso se da culto a eso que Mons. Ignacio Munilla, Obispo de San Sebastián, llama el feísmo: la fealdad como «expresión del nihilismo y de la vaciedad de nuestra cultura». ¿Cómo descubrir, pues, la auténtica belleza?

El texto que San Agustín nos presenta el día de hoy plantea el mismo interrogante. El Santo de Hipona estuvo buscando durante su vida la Belleza (con mayúscula) y se asomó a todas partes, preguntando a la naturaleza entera si era Dios o no. Su experiencia es un interrogante que nos invita a plantearnos a nosotros lo mismo. Hagamos el experimento.

¿Qué veo en esta imagen? ¿Un hermoso paisaje? ¿Una postal bella para desconectarme de mi bregar cotidiano? ¿O soy capaz de ver a Dios detrás de todo ello, que me ha regalado esto, que me invita a descubrir su amor a través de esas cataratas?

Miren ahora este video (una escena tomada de la película “El Árbol de la Vida” de Terrence Malick). Les invito a dejarse conquistar por la belleza de sus imágenes y la cadencia de la música y que, como San Agustín, pregunten a esas estrellas: «¿Eres tú Dios, al ser tan bello?». Y descubran en esos retazos de colores el amor infinito de Dios, nuestro Padre, que nos lo regala.

http://www.youtube.com/watch?NR=1&v=1WvuJwMFPz4

La belleza para el Papa Benedicto XVI

Y, finalmente, quisiera retomar un texto de nuestro querido Santo Padre Benedicto XVI. Deslumbrado ante la belleza que contempló en la Sagrada Familia, la imponente basílica construida por Antonio Gaudí en la ciudad de Barcelona, en España, comentó lo siguiente:

«La belleza es la gran necesidad del hombre; es la raíz de la que brota el tronco de nuestra paz y los frutos de nuestra esperanza. La belleza es también reveladora de Dios porque, como Él, la obra bella es pura gratuidad, invita a la libertad y arranca del egoísmo».

Cada cristiano debería, en la medida de sus posibilidades, resplandecer ante los demás la verdadera belleza; aquélla que, como bien decía el escritor ruso Dostoievski «salvará el mundo». Después de todo, no hay nada más bello que el testimonio de una persona santa y coherente, fruto de su unión con Dios en su oración. En ella, en su corazón, vive y palpita la Belleza Eterna: Dios. Así lo resumía Benedicto XVI: «Al contemplar admirado este recinto santo de asombrosa belleza, con tanta historia de fe, pido a Dios que en esta tierra catalana se multipliquen y consoliden nuevos testimonios de santidad, que presten al mundo el gran servicio que la Iglesia puede y debe prestar a la humanidad: ser icono de la belleza divina, llama ardiente de caridad, cauce para que el mundo crea en Aquel que Dios ha enviado (cf. Jn 6,29)».


Autor: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C.

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