30 mayo,2011

El amor: un camino seguro para crecer en mi oración

El amor: un camino seguro para crecer en mi oración

«Te ruego, Señor, que te conozca y te ame para que encuentre en ti mi alegría. Y si en esta vida no puedo alcanzar la plenitud, que al menos crezca de día en día hasta que llegue a aquella plenitud. Que en esta vida se haga más profundo mi conocimiento de ti, para que allí sea completo; que tu amor crezca en mí para que allí sea perfecto, y que mi alegría, grande en esperanza, sea completa en posesión» (San Anselmo, del Proslogion).

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Uno de los anhelos más profundos del ser humano es amar y sentirse correspondido. El amor es el motor de cualquier vida y es capaz de empujar nuestro corazón incluso en los momentos más difíciles. Y es que cuando alguien quiere a una persona con toda el alma no escatima ningún sacrificio con tal de hacerla feliz: todo le parece pequeño. Pero sin el amor, sin su fuerza, todo se derrumba; incluso aquello que se creía más firme. La vida parece carecer de sentido.

¿Orar sin amor?

Esta ley también se aplica a la vida de oración. Si acudo a orar sólo por necesidad en los momentos difíciles, para pedir lo que más quiero… tarde o temprano la oración se vuelve monótona o triste. Y así, cuando Dios nos responda con un no a nuestras peticiones -por nuestro propio bien- en vez de aceptarlo, le recriminaremos que no nos escucha y los porqués se repetirán continuamente como una reprimenda.

Pero, ¿no debería ser al revés? ¿No deberíamos darnos cuenta que acudimos a Dios no sólo para pedirle cosas, sino también para simplemente pasar un rato con quien sabemos nos ama profundamente? Sintetizando más claramente la pregunta: ¿quién es Dios para mí?

Todos tenemos un ideal, una persona que es ejemplo para imitar

En medio de los videos que suelen llegarme, hubo uno esta semana que me llamó particularmente la atención. Es un poco largo (casi ocho minutos) pero el final del mismo valió la pena. Quisiera compartirlo con ustedes y sacar una reflexión que creo puede sernos de utilidad de cara al tema que estamos tratando.

Se trata de un niño (Abraham Mateo) que tiene un ídolo (el cantante español David Bustamante). Es tanto su afán en imitarle que acude a un programa de caza talentos en la música. El chiquillo canta bien; sorprende a todos. Su mirada franca y su cara de buena gente conquista. Y por fin, un día deciden darle una sorpresa…

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No sé cuántos de los lectores se han conmovido con el video. A mí me ha emocionado. ¿Por qué? Porque el encuentro del niño con el cantante español me ha confirmado cómo el ser humano necesita ideales, figuras a quién imitar… cariño. Y ese abrazo dice mucho sobre ello.

Y yo pensaba que si Abraham se ha emocionado al ver que su ídolo le alababa en público… ¡cuánto debe emocionarnos a todos nosotros escuchar las palabras de Cristo en el Evangelio: «Os llamo Amigos»! Dios, el Omnipotente, el Creador… quiere ser mi Amigo. ¡Es un misterio profundísimo! Y aparte no sólo lo dice, sino que pone los medios para que eso se lleve a cabo: me crea, muere por mí en la cruz, me da la Eucaristía, me permite encontrarle cada día en mi oración.

¿Quién es Dios para mí?

Vuelvan, por favor, al texto de San Anselmo. En él, el santo italiano le pide a Dios que su amor nunca decaiga y que crezca.  ¿Por qué? Porque sólo el amor de ese Dios es capaz de mantenerle en pie en su vida, sobre todo en los momentos de mayor dificultad. Porque sabe que Dios no es sólo una aspirina en los momentos de “dolores de cabeza”, sino que es el Todo de la vida, un Amigo con quien converso y paso cada momento: es DIOS.

Centrémonos ahora en lo que pasa con nuestra oración si no tenemos este amor. ¡Cuántas veces experimentamos un tedio o estancamiento en nuestro trato con Dios! Sentimos desgana. No escuchamos nada. Esta actitud, que en cierta manera puede ser normal, también puede ser fruto de una fe poco profunda. Por eso San Anselmo le pide a Dios que le ayude a crecer en su amor y en su relación con Él: «que te conozca y te ame para que encuentre en ti mi alegría». Y es una oración que tiene sentido. ¿Acaso nos aburrimos cuando vamos a platicar con nuestro mejor amigo? ¿Solemos distraernos cuando estoy con una persona que amo? Piensen un poco su experiencia personal. ¡Todo lo contrario! Cada segundo, cada palabra es una muestra de cariño mutuo. El tiempo se me hace corto, porque estoy con mi amigo.

Experimentar a Dios con la fe

Claro, es verdad que la oración es algo distinto: a Dios no lo vemos. Pero justamente por eso debemos pedirle a Dios que nos enamore cada día más, para que, con la fe, le experimentemos; para que nos sintamos amados de tal manera, que no podamos menos que corresponderle. Esta es la oración de los santos, de quien desea crecer cada día más y no sólo tener a Dios como un sucedáneo para los momentos difíciles. Es la actitud de quien desea profundizar su trato con Dios.

Y sí, gracias a esta oración podremos no sólo emocionarnos y abrazar a Cristo (como el bueno de Abraham con David Bustamante), sino que cada día podremos ir profundizando en ese abismo insondable de amor que es el Corazón de un Dios que todos los días te llama: ¡Amigo!


Autor: P, Juan Antonio Ruiz J., L.C.

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