Contemplar a María en su Sábado Santo: silencio y esperanza

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Contemplar a María en su Sábado Santo: silencio y esperanza

Lo primero que debemos hacer es no idealizar. Para María fue un día tristísimo. Quién sabe si habrá dormido. Tendría aún ante sus ojos las imágenes que contempló el día anterior. Lo que jamás se habría imaginado. Ver a su Hijo así. Si era tremendo para cualquiera… para Ella, su madre, que sabía que era el Hijo de Dios… Estaría literalmente desecha, agotada, confundida. Su Hijo ya no estaba. Lo que es un hijo para una madre… Su Hijo murió ayer y murió del modo más cruel. Y Ella lo vio. Ella estuvo ahí.

 

Yo me la imagino sola, en silencio. Guardando en su corazón. No intentando comprender. Seguramente Juan la habrá acompañado un rato. Quizás también María Magdalena. Pero habrán comprendido que no había palabras para consolarla. Se habrán limitado estar con Ella, respetando su silencio.

La actitud de María

Y en medio de todo este dolor, María no está desesperada. Sufre mucho, muchísimo. Pero no ha perdido el rumbo. En su corazón reinan la paz, la fe y la esperanza. Ella sabe que la promesa, que cada palabra de Cristo, se cumplirán.

Esperanza que no excluye al dolor. Esperanza que no excluye la confusión. Paz que no excluye lucha. Esperanza que no significa que María sabe cómo y cuándo sucederá. Mucho menos que será como Ella lo quiere y lo espera. NOS CONSUELA… La esperanza no es que todo va bien o que todo se va a arreglar… Benedicto XVI se lo dijo ayer a una niña japonesa que le preguntaba en la RAI sobre el dolor de su pueblo en Japón: no tenemos todas las respuestas.

Sobre esto, también dice el P. Pablo Domínguez en su libro “Hasta la cumbre”: «Dios nos habla y no siempre entendemos el significado de lo que nos dice. Y, aunque entendamos lo que nos dice, nos preguntamos: ¿Y esto, qué alcance tiene? Tú dejá hacer a Dios. No tenemos porqué saber todo. El sí que te damos, Dios nuestro, es un sí a tu voluntad. Lo que Tú quieras, Señor, lo que Tú quieras. No entendemos a veces el alcance de lo que nos dice el Señor. La única certeza es que Dios no se equivoca».

Pero volviendo al Sábado Santo, ¿Cuál es el secreto de María en este momento de dolor y de espera? ¿Por qué María es capaz de guardar la esperanza cuando humanamente parece que todo ha terminado? Sí, una gracia de Dios. Entonces: ¿POR QUÉ MARÍA PUDO ACOGER ESTA GRACIA DE DIOS Y COLABORAR CON ELLA? ¿Qué lo que sostiene a María en este momento de confusión, de dolor, de espera misteriosa? ¿Qué la mantiene a flote? ¿Qué la convierte, también en estos momentos, en colaboradora en el plan redentor de Cristo?

Lo que María no hace ante el dolor y la espera

– María no se queda en lo superficial. No evade la situación. No busca simplemente “distraerse”, como si nada hubiera sucedido.

– Tampoco se encierra en sí misma, en su tristeza. No cede a la melancolía, a los sentimientos de amargura y nostalgia. Está sola pero no encerrada.

– Pero a la vez no se deja traumar por el HOY tan oscuro que vive.

– Mucho menos nos imaginamos en María el más mínimo sentimiento de rencor, de venganza, hacia los que han provocado esta injusta situación. María no busca culpables (Pilatos, Judas, los judíos,…).

– María no se vuelca sobre las creaturas, no busca consuelos humanos. Tampoco los desprecia. Pero su corazón está en Dios.

Sabe que sólo Dios escucha y responde. El Papa en su encíclica Spe Salvi n.32 dice: «Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, El puede ayudarme».

El secreto de María ante el dolor y la espera

El secreto de María está en esa actitud que nos repite el Evangelio de Ella: María lo guarda todo y lo medita en su corazón. Es la constante de su vida. El Evangelio nos transmite muy pocas palabras de María, pero nos presenta en cambio muchos silencios: María escuchando, María contemplando, María esperando, María presente, acompañando a su Hijo.

En la vida de María, hay un espacio sagrado en el que sólo están Ella y Dios. Y este espacio no es un compartimento más en su vida: es el núcleo, es el corazón, es el motor, es el sagrario de su vida. Ahí encuentra su refugio, su luz, su fuerza. Su centro, su eje. Ahí vence María todas las oscuridades, los dolores e incertidumbres.

Dice el Papa en Spe Salvi, 27: «Quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida. La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando hasta el extremo». Y el Papa habla también de ser “tocados por el amor”. Una cosa es que Dios quiera tocar nuestro corazón. Otra es que nosotros se lo permitamos. Y otra más es que nos demos cuenta de que Dios ha tocado nuestro corazón. Y esto sucede, si hay en nuestra vida ese toque de interioridad, de profundidad, ese hábito de “guardarlo y meditarlo todo” en el contacto íntimo con Dios.

Éste es “el gran silencio” de la vida de María que el Sábado Santo nos revela de modo especial.

No es un callarse. No es un cerrarse en los propios pensamientos, cavilciones, sentimientos. Es el espacio en el que Ella se ABRE a Dios. Es el ámbito al que lleva todo y ahí lo procesa, lo asimila, lo acepta.

Ahí se juega todo. Ahí se juega nuestra vida. Y si no tenemos ese espacio, si no lo vamos formando… Si no hacemos el hábito de ese gran silencio que es encuentro con Dios, corremos muchos riesgos. El riesgo de la superficialidad, el riesgo del naturalismo, el riesgo del racionalismo… El riesgo de quebrarnos ante las dificultades, los dolores, las esperas que nuestra vida y nuestra vocación implican. Dificultades, dolores, esperas siempre habrá en la vida de un seguidor de Cristo. Son parte del plan…


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