Conocer a Dios En María (Primera parte)

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Conocer a Dios En María (Primera parte)

En el libro de Isaías encontramos una promesa magnifica: “El lobo y el cordero serán vecinos, la pantera se echará con el cabrito… Nadie hará daño, no habrá mal ni violencia en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento del Señor, como cubren las aguas el mar”1. Es una promesa de conocimiento de Dios, que será también una transformación del corazón del hombre, una sanación del mal y de la violencia.

Conocer a Dios al experimentar su misericordia

Debemos desear con todo nuestro ser este conocimiento de Dios, que quiere revelarse a nosotros. No un Dios fruto de nuestras proyecciones sicológicas, sino un Dios vivo y verdadero. En el libro de Job encontramos esta frase: “Yo te conocía de oídas, ¡más ahora te han visto mis ojos!”2 Todos nosotros podemos ver a Dios, descubrir su verdadero rostro. Y esto no necesariamente por medio de éxtasis y de visiones, sino de manera más humilde pero más segura, a través del conocimiento en la fe.

Conocer a Dios por la fe

La escritura dice que nadie puede ver a Dios; no lo veremos cara a cara hasta la otra vida. Podemos, sin embargo, desde aquí abajo, hacer una verdadera experiencia de Él y conocerlo. En el capítulo 31 del libro de Jeremías se encuentra otro texto maravilloso sobre este tema:

“Esta es la alianza que consumaré con la casa de Israel al final de los días, oráculo del Señor: Yo pondré mi Ley en el fondo de su ser y la escribiré en su corazón. Entonces yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo… No tendrá que instruir el uno al otro diciendo: “¡Conozcan al Señor!” Porque todos me conocerán, desde los más pequeños hasta los más grandes, oráculo del Señor, porque yo perdonaré su crimen y no me acordaré más de su pecado.”

Este pasaje anuncia para todos un conocimiento de Dios, que estará íntimamente ligado a la revelación de su misericordia. El conocimiento de Dios más profundo que podemos tener en esta vida pasa por la experiencia de la misericordia divina, del perdón divino. Esta promesa de la Escritura es para nosotros, especialmente en los tiempos actuales.

Dios prometió revelarse

Dios mismo nos da esta seguridad: todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande. Y yo diría incluso: ¡sobre todo los más pequeños! El evangelio de Lucas cuenta que Jesús saltó de gozo en el Espíritu y dijo:

“Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido esto a los sabios e inteligentes y lo has revelado a los más pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido dado por el Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino al Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.”3

A través del Hijo se nos revela el Padre. Dios quiere mostrar su rostro a los hombres. Lo hemos deformado tanto, ¡hemos difamado tanto a Dios! Es el drama del ateísmo: tiramos a Dios a la basura, acusándolo de ser un enemigo del hombre, un obstáculo para su libertad y realización personal, un Dios que agobia, etc.

Hoy más que nunca Dios quiere revelarse a nuestros corazones de manera simple, dulce, en la oscuridad de la fe, y al mismo tiempo de manera muy profunda, de modo que cada uno de nosotros pueda acceder a un conocimiento auténtico de su verdadero rostro.

Dios se revela a los pequeños

San Juan de la Cruz decía en el siglo XVI: “El Señor siempre ha descubierto a los mortales los tesoros de su sabiduría y de su espíritu, cuánto más los descubrirá ahora que la maldad se hace ver también más y más.” ¡Lo que diría si viviera hoy! Dios quiere revelarse más que nunca a todos los pequeños y a los pobres, que somos nosotros.

1 Is. 11, 9

2 Job 42, 5

3 Lc 10 , 21-22


Agradecemos esta aportación al P. Jacques Philippe. (Consulta aquí su página web).Traducción a cargo de www.la-oracion.com
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