18 mayo,2019

La Ascensión

Ascencion

Segundo misterio glorioso

Estando reunidos, preguntaron a Jesús: «Señor, ¿va a ser ahora cuando restablezcas el Reino a Israel?» Él les contestó: «No es cosa vuestra conocer el tiempo y el momento que el Padre ha fijado con su propia autoridad; al contrario, cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, recibiréis una fuerza que os hará ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra». Dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras ellos estaban mirando fijamente al cielo, viendo cómo se iba se les presentaron de pronto dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: «Galileos, ¿por qué permanecéis mirando al cielo? Este Jesús, que de entre vosotros ha sido llevado al cielo, volverá tal como lo habéis visto marchar». (Hch 1, 6b-11)

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El misterio de la Ascensión del Señor es con frecuencia poco comprendido. Puede dar la triste impresión de que Jesús «se ha ido». Se habla al pasado: «Jesús dijo, hizo…». Sin embargo, como dice Corbon, se ha terminado una relación externa con Jesús, pero se ha inaugurado «una relación de fe totalmente nueva», interior, en los corazones, tan profunda y real que desde ahora todos ascenderemos progresivamente con Él por la acción del Espíritu Santo en nosotros.

«Sencillamente olvidamos que, a partir de la Hora de su Cruz y de su Resurrección, Jesús y los hombres no son más que uno: “Él se ha hecho hijo del hombre para que nosotros lleguemos a ser hijos de Dios”. (…) El movimiento de la Ascensión solo se habrá cumplido cuando todos los miembros de su Cuerpo sean atraídos hacia el Padre y vivificados por su Espíritu». (Jean Corbon, Liturgia fontal, p.64)

Jesús ha inaugurado para nosotros una vida nueva en esta tierra. Pronto enviará su Espíritu, ha dicho a los apóstoles, y su luz y su calor invadirán nuestra existencia de un ardor desconocido. El de quien nunca más estará solo. El de quien habita y se sabe habitado por una Amistad viva y eterna. El de quien no vaga como un huérfano desorientado por el mundo sino camina libre y seguro en el amor de su Padre, de vuelta a casa, mientras vive ya cobijado en su corazón. El de quien ama a sus hermanos y quiere vivir con ellos. Sí, la Ascensión es un misterio glorioso ¡y también gozoso!

«Mucho más que en las parábolas en las que Jesús lo hace vislumbrar – “habrá más alegría en el cielo por un pecador que se arrepienta…” (Lc 15, 7)-, este júbilo es ahora una realidad: la alegría eterna del Padre por el Retorno del Hijo predilecto. Salió Hijo único, y he aquí que retorna en la carne, portador de los hijos de adopción: “¡Aquí estoy yo y los hijos que tú me has dado!” (Hb 2, 13). La Alegría inefable del Padre ha tomado forma y Cuerpo en los múltiples rostros que expresan el del Hijo Amado. Sí, puede estallar la Alegría fontal y manar y cantar con tantos ecos y acentos, por pura Gracia, y cada uno es único. “Os lo digo, del mismo modo hay alegría entre los ángeles de Dios…” (Lc 15, 10).

“La Gloria de Dios es que el hombre viva”. (S. Ireneo de Lyon) A partir de la Hora en que el Hijo del hombre es glorificado (Jn 12, 28), ha comenzado la glorificación del Padre. Y se perpetúa ya sin cesar. No solo porque Él lo ha recapitulado todo en Cristo “para alabanza de la gloria de su gracia” (Ef 1, 3-14), sino también porque a cada instante, viniendo de la gran tribulación, nuevos hijos adoptivos nacen para su Alegría». (Jean Corbon, Liturgia fontal, p.68)

El Señor victorioso cosecha así nuestra historia personal, nuestras vicisitudes, pasadas y presentes, llenándolas de sentido. Él es el Señor de la historia, el Primero y el Último, Aquel que estuvo muerto y ahora vive para siempre, y tiene el poder para derramar sobre nosotros Vida en abundancia, Aquel en quien podemos confiar definitivamente cuando nos dice: «¡No temas!» (cfr. Apoc 1, 17ss), Aquel que nos gesta y recrea conduciéndonos al seno de la Santa Trinidad.

«Es aquí donde el Señor de la historia es a cada instante Siervo de su Cuerpo y del más pequeño entre sus hermanos: le llama y le alimenta, le cura y le hace crecer, le perdona y le transforma, le libera y le deifica, le revela que es amado por el Padre y se une a él cada vez más hasta que llegue a su madurez en el Reino».(Jean Corbon, Liturgia fontal, p.70)

El mosaico de la Ascensión del Santuario de Ta´Pinu, Gozo (Malta) es rico en símbolos iconográficos. Jesús es representado -como tradicionalmente el Pantocrátor- con el rollo de la historia en la mano izquierda, mientras alza la derecha benedicente. Sus pies indican al mismo tiempo el movimiento ascendente, de retorno al Padre, y el descendente, prefigurando la Parusía, su última venida al final de los tiempos, pero también indicando el misterio representado a sus pies: la Eucaristía es Presencia viva del Señor resucitado mientras los cristianos peregrinamos aún sobre la tierra, Viático de los hijos para el camino, Pan de vida eterna, Cuerpo en el que todos hemos sido consagrados por el bautismo y en el que participamos por el poder del Espíritu, hasta que todos seamos uno en Él.

La mano creadora del Padre se extiende en bendición y en acogida de las oraciones de los apóstoles y en especial de la Santísima Virgen, en esta nueva creación. Ellos aguardarán el envío del Espíritu Santo y vivirán el tiempo que ahora se inaugura en la oración y la espera: «Ven, Señor Jesús».

 

 
 
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