Cristo merece, no solamente para sí, sino para nosotros

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Este mérito tiene su fundamento en la gracia de Cristo, constituido Cabeza del genero humano; en la libertad soberana y el amor inefable con que Cristo arrostró su Pasión por todos los hombres. Por estas satisfacciones, así como por todos los actos de su vida, Cristo nos mereció toda gracia de perdón, de salvación y de santificación.

Porque ¿en qué consiste el mérito?- En un derecho a la recompensa. [Hablamos del mérito propiamente dicho, de un derecho estricto y riguroso que en Teología se llama mérito de condigno]. Cuando decimos que las obras de Cristo son meritorias para nosotros, queremos indicar que por ellas Cristo tiene derecho a que nos sean dadas la vida eterna y todas las gracias que conducen a ella o a ella se refieren. Es lo que nos dice San Pablo: «Somos justificados, es decir, devueltos a la justicia a los ojos de Dios, no ya por nuestras propias obras, sino gratuitamente, por un don gratuito de Dios, es decir, por la gracia, que se nos concede en virtud de la redención obrada por Jesucristo» (Rm 3,24). El Apóstol nos da a entender con esto que la Pasión de Jesús, que corona todas las obras de su vida terrena, es la fuente de donde mana para nosotros la vida eterna: Cristo es la causa meritoria de nuestra santificación. Pero ¿cuál es la razón profunda de ese mérito? -Porque todo mérito es personal. Cuando estamos en estado de gracia, podemos merecer para nosotros un aumento de esa gracia; pero tal mérito se limita a nuestra persona. Para los otros, no podemos merecerla; a lo más, podemos implorarla y solicitarla de Dios. ¿Cómo, pues, puede Jesucristo merecer por nosotros? ¿Cuál es la razón fundamental por la que Cristo, no sólo puede merecer para sí, por ejemplo, la glorificación de su humanidad, sino que también puede merecer para los demás -para nosotros, para todo el género humano- la vida eterna?

El mérito, fruto y propiedad de la gracia, tiene, si así puedo expresarme, la misma extensión que la gracia en que se funda.- Jesucristo está lleno de la gracia santificante, en virtud de la cual puede merecer personalmente para sí mismo.- Pero esta gracia de Jesús no se detiene en El, no posee un carácter únicamente personal, inmanente, sino que es trascendente, goza del privilegio de la universalidad. Cristo ha sido predestinado para ser nuestra cabeza, nuestro jefe, nuestro representante. El Padre Eterno quiere hacer de El «el primogénito de toda criatura»; y como consecuencia de esta eterna predestinación a ser jefe de todos los elegidos, la gracia de Cristo, que es de nuestro linaje por la encarnación, reviste un carácter de eminencia y de universalidad cuyo fin no es ya santificar el alma humana de Jesús, sino hacer de El, en orden a la vida eterna, el jefe del género humano [es lo que se llama en Teología gratia capitis, gracia de jefe. [Santo Tomás, III, q.48 a.1], y de aquí ese carácter social inherente a todos los actos de Jesús, cuando se los considera con respecto al género humano. Todo cuanto Jesucristo hace, lo hace no sólo por nosotros, sino en nuestro nombre; por eso San Pablo nos dice que «si la desobediencia de un solo hombre, Adán, nos arrastró al pecado y a la muerte, fue, en cambio, suficiente la obediencia, ¡y qué obediencia!, de otro hombre que era Dios al mismo tiempo para colocarnos a todos otra vez en el orden de la gracia» (Rm 5,19). Jesucristo, en su calidad de cabeza, de jefe, mereció por nosotros, del mismo modo que ocupando nuestro lugar satisfizo por nosotros. Y como el que merece es Dios, sus méritos tienen un valor infinito y una eficacia inagotable. [No hay que decir que los méritos de Cristo deben sernos aplicados para que experimentemos su eficacia. El Bautismo inaugura esta aplicación; por el Bautismo somos incorporados a Cristo y nos hacemos miembros vivos de su cuerpo místico: establécese un lazo entre la cabeza y los miembros. Una vez justificados por el Bautismo, podemos a nuestra vez merecer].

Lo que acaba de dar a las satisfacciones y a los méritos de Cristo toda belleza y plenitud, es que aceptó los padecimientos voluntariamente y por amor. La libertad es un elemento esencial del mérito: Porque un acto no es digno de alabanza, dice San Bernardo, sino cuando el que lo realiza es responsable [Ubi non est libertas, nec meritum. Serm. I in Cant.].

Esta libertad envuelve toda la misión redentora de Jesús.- Hombre-Dios, Cristo aceptó soberanamente padecer en su carne pasible, capaz de sufrir. Cuando al entrar en este mundo dijo a su Padre: «Heme aquí, oh Dios, para cumplir tu voluntad» (Heb 10,9), preveía todas las humillaciones, los dolores todos de su Pasión y muerte, y todo lo aceptó libremente en el fondo de su corazón por amor de su Padre y nuestro Padre: «Sí, quiero, y tu ley la llevo grabada en lo más íntimo de mi corazón» (Sal 39, 8-9).

Cristo mantuvo tensa esa voluntad durante toda su vida.- La hora de su sacrificio está siempre presente a sus ojos; la aguarda con impaciencia, la llama «su hora» (Jn 13,1), como si fuese la única que contase en su existencia. Anuncia su muerte a sus discípulos, y les señala de antemano sus circunstancias en términos tan claros, que no se puedan engañar. Así, cuando San Pedro, sobresaltado por el pensamiento de ver morir a su maestro, quiere oponerse a la realización de aquellos padecimientos, Jesús le responde: «No tienes el sentido de las cosas de Dios» (Mc 8, 31-33). Pero El conoce a su Padre; por amor a su Padre y por caridad para con nosotros anhela llegue el momento de la Pasión con todo el ardor de su alma santa, y al mismo tiempo con una libertad soberana, plenamente dueña de sí misma. Si esta voluntad de amor es tan viva que tiene como dentro de sí un horno: «Ardo en el deseo de ser bautizado con el bautismo de sangre» (Lc 12,50) con todo, nadie tendrá poder para quitarle la vida; la entregará espontáneamente (Jn 10,18). Ved cómo pone de manifiesto la verdad que encierran estas palabras. Un día los habitantes de Nazaret quieren arrojarle dc lo alto de un precipicio; Jesús se desvanece de en medio de ellos con admirable tranquilidad (Lc 4,30). Otra vez, en Jerusalén, los judíos quieren apedrearle, porque afirma su divinidad; El se oculta y sale del Templo (Jn 8,59); su hora no ha llegado todavía.

Pero cuando esa hora llega, Jesús se entrega.- Vedle en el Jardín de los Olivos la víspera de su muerte; la chusma armada se adelanta hacia El para prenderle y hacerle condenar. «¿A quién buscáis?», les pregunta, y cuando ellos contestan: «A Jesús Nazareno», dice sencillamente: «Yo soy». Esta palabra, salida de sus labios, basta para arrojar en tierra a sus enemigos. Pudiera hacer que continuasen derribados; pudiera, como El mismo decía, pedir a su Padre que enviase legiones de ángeles para librarle (Mt 26,53). Precisamente en este momento recuerda que cada día se le ha visto en el templo y que nadie ha podido echar mano de El; aun no había venido su hora; por esto no les daba licencia para prenderle; pero entonces había sonado ya la hora en que debía, por la salvación del mundo, entregarse a sus verdugos, los cuales no obraban más que como instrumentos del poder infernal: «Esta es vuestra hora, y la hora del poder de las tinieblas» (Lc 22,53). La soldadesca le lleva de tribunal en tribunal; El no se resiste; sin embargo de ello. delante del Sanedrín, tribunal supremo de los judíos, proclama sus derechos de Hijo de Dios; después se abandona al furor de sus enemigos, hasta el momento de consumar su sacrificio sobre la Cruz.
875. Si se entregó fue verdaderamente porque quiso (Is 53,7). En esta entrega voluntaria y llena de amor de todo su ser sobre la Cruz, por esa muerte del Hombre-Dios, por esta inmolación de una víctima inmaculada que se ofrece en aras del amor con una libertad soberana, dase a la justicia divina una satisfacción infinita [Santo Tomás, 3 Sent. Dis. 21, q.2, a.1, ad 3]. Cristo nos adquiere un mérito inagotable, y devuelve al mismo tiempo la vida eterna al género humano. «E inmolado, llegó a ser instrumento de salvación eterna para todos aquellos que se le someten» (Heb 5,9).

«Por haber consumado la obra de su mediación, Cristo se hizo para todos aquellos que le siguen la causa meritoria de la salvación eterna». Por eso tenía razón San Pablo cuando decía: «En virtud de esta voluntad somos nosotros santificados por la oblación que, una vez por todas, hizo Jesucristo de su propia cuerpo» (ib. 10,10). Porque «Nuestro Señor murió por todos y por cada uno de nosotros». «Por todos ha muerto Cristo» (2Cor 5,15). «Cristo es la propiciación no sólo por nuestros pecados, sino por los de todo el mundo» (1Jn 2,2). De suerte que es «el único mediador posible entre los hombres y Dios» (1Tim 2,5).

Cuando se estudia el plan divino, sobre todo a la luz de las cartas de San Pablo, se ve que Dios no quiere que busquemos nuestra salud y nuestra santidad sino en la sangre de su Hijo; no hay más Redentor que El, no hay «bajo el cielo ningún otro nombre que haya sido dado a los hombres para que puedan salvarse» (Hch 5,12), porque su muerte es soberanamente eficaz: «Con un solo sacrificio consumó la salvación de los elegidos» (Heb 10,14). Es voluntad del Padre que su Hijo Jesús, después de haber sustituido a todo el género humano en su dolorosísima Pasión, sea constituido jefe de todos los elegidos, a quienes ha salvado por su sacrificio y su muerte.

Por esto el género humano redimido hace que resuene en el Cielo un cántico de alabanza y acción de gracias a Cristo: «Nos has redimido con tu sangre, a los de toda tribu, lengua, pueblo y nación» (Ap 5,9). Cuando lleguemos a la eterna bienaventuranza y nos hallemos unidos al coro de los santos, contemplaremos a nuestro Señor y le diremos: «Tú eres el que nos has rescatado con tu sangre preciosa; gracias a Ti, a tu Pasión, a tu sacrificio sobre la Cruz, a tus satisfacciones, a tus méritos, hemos triunfado de la muerte y eludido la eterna reprobación. ¡Oh Jesucristo! cordero inmolado, a Ti la alabanza, el honor, la gloria y la bendición eternamente» (Ap 5, 11-12)