San Martín de Tours: orar es compartir

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Vida

Así como los italianos sienten especial simpatía por san Francisco de Asís, los franceses nutren una particular devoción por san Martín de Tours; en realidad los dos gozan también de una gran popularidad universal. En el mundo existen más de cuatro mil iglesias dedicadas a San Martín, y cientos de ciudades y pueblos lo han adoptado como patrono. Se trata además del primer santo no mártir a quien se le concedió una fiesta litúrgica. 

Martín nació en Sabaria, en la región húngara de Panonia, hacia el 315. A los 15 años ingresó al ejército, y en este período de su vida encontramos el episodio que ha inspirado la iconografía del santo. Era una noche invierno y, al entrar cabalgando en la ciudad de Amiens envuelto en su amplio manto de guardia imperial, se encontró con un mendigo casi helado y sin ropa. Martín dividió generosamente su capa en dos partes y entregó una al pobre. Esa misma noche, en sueños, vio a Jesucristo vestido con el medio manto que él había regalado y oyó una voz que le decía: «Martín, hoy me cubriste con tu manto». 

Tras este hecho abandonó la milicia y recibió el bautismo. En seguida fue a buscar al santo obispo de Poitiers, Hilario, quien lo recibió como discípulo. Un poco más tarde, sintiendo una fuerte inclinación hacia la vida contemplativa, se retiró durante diez años a la Isla Galinaria para llevar una vida eremítica. Su fama de santidad se extendió rápidamente cuando empezó a hacer los primeros milagros y ya no pudo esconderse por mucho tiempo. Un día fue invitado a Tours con el pretexto de que lo había solicitado un enfermo grave, pero la verdad era otra: el pueblo quería elegir a su pastor. Apenas llegó a la ciudad todos lo aclamaron como obispo, y por más que él se declarara indigno de recibir este cargo, tuvo que aceptarlo. 

El amor por su rebaño le llevó a recorrer sin descanso todo el territorio de la diócesis. Aprovechó sus viajes para dejar un sacerdote en cada pueblo; de esta forma fue él quien, en cierto sentido, fundó las primeras parroquias rurales. Durante los 27 años como obispo de Tours se ganó el cariño y aprecio de todo el pueblo, aunque también fue calumniado y perseguido. Sus consejeros le recomendaron castigar a quienes le calumniaban, pero él se negaba a hacerlo y en una ocasión llegó a decirles: «Si Cristo soportó a Judas, ¿por qué no he de soportar yo a Bricio?». 

Murió el 8 de noviembre del 397 en Candes, durante una de sus visitas pastorales. Sulpicio Severo, quien lo conoció personalmente y fue su primer biógrafo, describe así los últimos momentos de su vida: «Con los ojos y las manos continuamente levantados al cielo, no cejaba en la oración; y como los presbíteros, que por entonces habían acudido a él, le rogasen que aliviara un poco su cuerpo cambiando de posición, les dijo: “Dejad, hermanos, dejad que mire al cielo y no a la tierra, y que mi espíritu, a punto ya de emprender su camino, se dirija al Señor”»

Aportación para la oración

Más que escritos, la influencia de San Martín radica en su ejemplo de vida. No en vano el día de su muerte, acudieron a enterrarle cerca de 2000 de sus monjes. La emblemática figura del soldado Martín compartiendo su manto con un pordiosero ha sido, desde entonces, icono de la bondad cristiana y de la visión sobrenatural en las obras de beneficencia: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40). 

Y a todo esto, ¿qué es lo que San Martín nos enseña en el caso concreto de la oración? Que las plegarias que elevamos a Dios deben traducirse en obras concretas de cara a nuestros hermanos. De nada sirve orar si luego no trato con igual fervor al prójimo: «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve» (1 Jn 4, 20). No sin razón decía el Papa Pablo VI que lo que la Iglesia necesita hoy en día, más que maestros, son testigos: personas que se imbuyan de Dios en la oración y luego lo transmitan con su caridad y su testimonio a los demás. Sólo así la oración será, realmente, incisiva en la sociedad. Fue lo que hizo San Martín y miren cómo cambió no sólo su vida, sino todo su entorno.


Autor: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C.

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