San Julián de Toledo: mirar el más allá nos ayuda en el más acá

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Adviento- Prepara mi corazón

Vida

Nacido en Toledo probablemente en el 642, se dice que era descendiente de judíos, pero de padres cristianos. Recibió el bautismo en la principal iglesia de Toledo, según cuenta su sucesor en la sede episcopal, quien escribió una corta biografía del santo.

El joven fue educado por otro prelado de Toledo, San Eugenio II, y tuvo por compañero al famoso Gudila Levita. Unidos por los gustos comunes tanto como por el afecto, los amigos se consagraron a la oración y el estudio en el retiro, y muy pronto el celo apostólico les hizo volver al mundo para intentar la conversión de los pecadores.

San Julián, que era teólogo destacado y hombre de gran saber, llegó pronto a ocupar un puesto de importancia en la sociedad. Cuando los médicos desahuciaron a Wamba, el último de rey que dio esplendor a los visigodos, San Julián le rasuró la cabeza y lo revistió del hábito monástico para que «muriese en religión». Todavía se conserva la vida del rey Wamba, escrita por San Julián, muy apreciada por los historiadores, que encuentran en ese documento una idea completa sobre el reinado de Wamba, lo que no sucede con sus predecesores ni con sus sucesores.

Consagrado obispo de Toledo en el 680, parece que gobernó su diócesis con el mismo tino que le había caracterizado en los asuntos seculares. Su biógrafo narra que el cielo le había adornado con todo tipo de gracias del alma y del cuerpo. Era tan bondadoso, que ninguno se acercó a él sin recibir gran consuelo. Presidió varios sínodos y obtuvo para su sede la primacía sobre todas las diócesis españolas. Por eso se le dio el título de arzobispo de Toledo, aunque el término no se empleaba generalmente en España por aquella época.

Murió en el 690 en su Toledo natal. Los historiadores lo comparan a San Isidoro de Sevilla en lo que se refiere al influjo que ejerció en su época y, posteriormente, en la Edad Media.

Aportación para la oración

San Julián fue un escritor muy fecundo. Pero de todas sus obras la principal son, sin duda, los tres volúmenes de los «Pronósticos», que tratan de las realidades últimas, conocidos con el nombre de «novísimos”. En la contemplación de los últimos momentos de nuestra vida, de nuestro encuentro con Dios en el más allá, Julián nos invita a que el amor y el deseo de ir a reunirse con Dios nos basten para acabar con el temor natural a la muerte.

Muchas veces me he preguntado qué me pasaría si un día me dijesen que me queda poco tiempo de vida. Así, a bote pronto, uno saca la típica respuesta: «Pues yo diría lo de Santo Domingo Savio: “Pues seguiría haciendo lo que estoy haciendo ahora”». Y sí, teóricamente todos estamos de acuerdo con eso. Pero cuando te toca, no es fácil decirlo. Enfrentarse a la muerte y al más allá es siempre desconcertante. En este sentido, los testimonios de personas con enfermedades terminales que afrontan sus últimos días con fe siempre es aleccionador. ¡Y son muchos! Basta hacer una pequeña búsqueda en Google para encontrar testimonios como éste

¿Y qué es lo que ayuda a plantarse así ante momentos tan cruciales de nuestra vida? San Julián nos da la respuesta: la asidua contemplación de esas verdades, viéndolas con amor y confianza en Dios. Porque darse cuenta que un día todo lo que nos rodea no será nada, ayuda a relativizar muchas realidades a las que hoy les damos importancia –tal vez demasiada– y que sólo tienen un peso específico en este mundo. Y también nos mueve a aprovechar cada segundo para amar con pasión nuestra vida y luchar para que cada uno y muchos otros detrás de nosotros lleguen a gozar de una eternidad con Dios.

¡Cuánto nos ayuda contemplar el más allá para vivir el “más acá” con mayor coherencia y pasión!


Autor: P. Juan Antonio Ruiz J., L.C.

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